miércoles, 4 de enero de 2017

Los Matte: de vendedores de tocuyo en la calle a los reyes de la colusión
                        
DEL PAPEL HIGIÉNICO A LOS PAÑALES   

Por Rafael Luis Gumucio Rivas

La antigua aristocracia de apellidos vinosos, según el poeta Vicente Huidobro, la mayoría descendiente de los vascos, regentaban boliches, haciendas con indios incluidos y, para no convertirse en hidalgos pobres y ociosos se dedicaban, como Sebastián Piñera, al lucrativo juego de la Bolsa; estos prohombres pertenecían a la raza de los fenicios, de los duques de Venecia o de los banqueros Medicis y, cuando el negocio se tornaba peligroso, recurrían a los mercenarios condotieros, como es el caso de Augusto José Ramón Pinochet. A diferencia de sus predecesores, en Chile no había artistas que adornaran con bellas obras sus riquezas, pues lo único que interesaba a nuestros ricachones chilenos era el dinero y la avaricia para conservarlo.

La oligarquía - y hoy la plutocracia – siempre ha sido dueña de nuestra Bolsa de Comercio; generalmente, el más tonto y pillo de la familia compra una acción de esta Institución financiera para convertirse en corredor. Para los adinerados de antaño y ogaño, el juego bursátil no puede tener ningún control estatal, pues sería un crimen contra “el emprendimiento”; la Superintendencia de Valores y Seguros no debe, como su par norteamericana, controlar la igualdad entre los especuladores, sólo limitarse a asesorarlos, razón por la cual no nos debe extrañar que no haya intervenido en setecientos o más casos anteriores; no era su labor, según los inversionistas.

Estos juegos económicos han ocurrido siempre: en 1904, los oligarcas se hicieron ricos comprando acciones de compañías bolivianas inexistentes, incluso uno de los Errázuriz, don Ladislao, inventó una guerra que favoreció a los compradores de compañías del Altiplano y venderlas luego a mayor precio, aprovechando la información privilegiada. Es conocido, como forma de enriquecerse, recurrir al poder político para estar informado de las devaluaciones de la moneda; algo así ocurrió con el cambio del peso en escudos, y viceversa. Cuando algún desplazado aristócrata, como Luis Orrego Luco, autor de La casa grande, denunciaba en la ficción este tipo de juego, que constituía una forma de vida de la oligarquía, le quitaban simplemente el saludo.

En el Chile pobre pero honrado de mi juventud había también políticos, predecesores de Sebastián Piñera: es el caso de “cachimoco” Ibáñez y de Arturo Matte Larraín, y otros, quienes mezclaban, sin ningún problema de conciencia, la política con los negocios; al fin y al cabo eran y son lo mismo. Existían consejerías parlamentarias que integraban a diputados y senadores en los directorios de las compañías, lo mismo que hoy, pero antes con un poco más de compostura y prudencia. El lobby siempre ha existido, con ley o sin ley y, por lo demás, nunca tendrán ni Dios, ni ley.
           
Para ser justos, esta adoración por el dinero especulativo es peor que la peste y logra transformar en capitalistas neoliberales a antiguos revolucionarios de la clase media: fue el caso, en el pasado, el Partido del “cucharón”, los radicales, que convertía a los medio-pelos González Videla y Juan Luis Mauras en empresarios de tomo y lomo; hoy pasa lo mismo con socialistas, demócrata cristianos y PPD. Los mercenarios condotieros, como Pinochet, se convierten en geniales especuladores

Lo único malo de esta historia es que el pueblo está cada día más decepcionado de la casta política, lo cual no augura nada bueno para la democracia, tan difícilmente reconquistada.

A la democracia siempre la sucede el cesarismo.


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