jueves, 26 de enero de 2017

Comentario internacional
EL MUNDO PREOCUPADO LE DICE A TRUMP: “TE ESTOY MIRANDO”
Por Roberto Mejía Alarcón

Es casi seguro que hoy por hoy, el personaje más popular del planeta tierra -aunque esto no conlleve admiración ni aprecio- sea Donald Trump, el novísimo presidente de los Estados Unidos. Su imagen y su palabra, llama la atención en todo el mundo. Hay expectativa por escucharle, son muchísimos los que tratan de interpretar sus gestos. La política, la economía, actividades de la agenda diaria del ser humano, están pendientes de lo que diga quien tiene en sus manos el bastón de mando de la primera potencia del globo.
Esa popularidad no tiene antecedentes cercanos. Un poco más allá figuran Adolf Hitler y Benito Mussolini, dueños de una singular oratoria, verbo y estilo peculiar, que llevaron a la humanidad a una de sus peores tragedias. Pero ninguno de ellos, entre otros de la misma especie, podría compararse con lo que significa en estos tiempos el comportamiento, la expresión, el propósito de quien ha sido ungido mandatario de una gran nación.
Trump puede estar orgulloso, seguramente, de esa popularidad. Su ego debe estar satisfecho. Esto porque grandes multitudes se dedican a hablar de su persona. Pero no para bien. Tan es así que a pocas horas de haber recibido la investidura de mandatario, en las más importantes ciudades de los Estados Unidos, se llevaron a cabo grandes concentraciones de gente, de toda piel, de toda edad, de todo género. En París, la famosa Torre Eiffel fue testigo de algo sorprendente pero esperado: miles voces cantando “Lo estamos mirando señor Trump”; en Praga, en la Plaza Wenceslao, otro tanto, con un mensaje sabio hacia el rubicundo millonario y a su amigo, Vladimir Putin: “Esto es apenas el comienzo”; en Sydney, en el concurrido Parque Hydede, dejando constancia humana que los “prejuicios y el racismo no solo son problemas de Estados Unidos”; y en Buenos Aires, haciendo recordar que “Trump ama el odio”. El mismo discurso, fue reiterado en Estocolmo, Barcelona, Londres, Copenhague, Tel Aviv, Roma, Amsterdam, Johannesburgo. En Lima… bueno, bien gracias.
¿Qué significado tienen estas grandes concentraciones de gente, provista de pancartas y megáfonos? Muy grande, más todavía cuando hay millones de personas y de pueblos enteros que sufren porque hace falta un esfuerzo enorme para vertebrar un movimiento mundial hacia la identificación y la proclamación de los derechos del ser humano, esfuerzo que debe ser de los más relevantes para responder con eficacia a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. El camino del progreso moral de la humanidad aun está por construir. Y Trump no parece ser uno de los llamados a cumplir con esa tarea. Él se exime de ello por adelantado.
Apreciar la grandeza social de las concentraciones ciudadanas en todos los continentes, es labor que merece ser tomada en cuenta. Hay coincidencia de voces y de voluntades. La humanidad demanda un mundo mejor. El hecho de que la actriz Scarlett Johansson, expresara en la “Marcha de las Mujeres”, en Washington: “Yo no te voté, Donald Trump, pero respeto que seas nuestro presidente, quiero apoyarte, pero quiero que me apoyes a mí, a mi hermana, a mi madre, a mis amigas, a todas las mujeres”, es sobrecogedor. Penetra la epidermis de todos los sentimientos. Como así también lo dejó notar Madonna al proclamar en voz alta y sincera: “Tengo rabia y estoy indignada… Pero escojo el amor… El bien no ganó en estas elecciones, pero ganará al final”.
Después de todo esto, pregunto: ¿Habrá un cambio de mentalidad y actitud en Trump? La interrogante es difícil que tenga respuesta positiva. Tanto que hasta Jorge Mario Bergoglio, a quien todos conocen como el Papa Francisco, ha dicho “veremos qué pasa”, agregando con su palabra el deseo íntimo de que no hayan profetas de calamidades. Expresión que nos hace tener presente que la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, sino en el hombre mismo… Ojalá Trump, que es un ser viviente más, deje de lado odios, fobias, discriminaciones… Y entonces, sí diremos que los milagros existen.


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