domingo, 19 de julio de 2015

OPINIÓN-CARLOS PEÑA-KRADIARIO

POLÍTICA Y SINCERIDAD

Por Carlos Peña (*)

Esta semana hubo un repentino arranque de sinceridad de los funcionarios gubernamentales. Mientras el subsecretario Aleuy pidió excusas por aseverar falsedades ("un 30% de quienes participan en las marchas son delincuentes", dijo en la Cámara de Diputados), el ministro del Interior se mostró dispuesto a asumir la responsabilidad por el enésimo tropiezo gubernamental (designó intendente a una persona que tuvo un proceso de violencia intrafamiliar).

¿Es valioso el reconocimiento de Burgos y Aleuy?

No.

Lo que hicieron Aleuy y Burgos fue ser sinceros en el sentido evangélico de esa palabra (un resabio, sin duda, del sacramento de la confesión en cuya práctica debieron ser educados cotidianamente mientras cursaban en el Colegio San Ignacio). Ser sincero, les enseñaron sus profesores, consiste en reconocerse ante los demás como se es, mostrando especialmente los errores, los pecados (1 Juan 1:8-10) que revelan la parte sombría de cada uno. Es un acto de humildad, les subrayaron.

Pero si ser sincero es valioso en el confesionario, no lo es siempre en la política.

En la política vale más ser eficiente (es decir, capaz de alcanzar a bajo costo los objetivos declarados) y ser veraz (o sea, no ocultar los hechos, maquillar la realidad o emborrachar la perdiz). Un funcionario ineficiente o mentiroso, que reconoce su ineficiencia o mendacidad, es decir, que junto con ser ineficiente o mendaz es sincero, no vale la pena. Salvará su alma, pero condenará al Gobierno. En cambio, un funcionario insincero y presuntuoso, pero eficaz y fiel a los hechos, es sin duda mejor. Se condenará a sí mismo, pero salvará al Gobierno (y hará bien a la ciudadanía).

Esa falta de valor político de la sinceridad se prueba fácilmente examinando las palabras de Burgos y Aleuy.

Aleuy, al sincerar su mentira, dijo textual:

"Si alguna persona o grupo de personas se ha sentido lesionada en su dignidad con mis expresiones, pido (...) excusas sin reserva alguna".

Esa declaración del subsecretario -cuando habla, masculla las palabras, las desliza como si las mascara con ligero desdén- muestra que él es sincero para eludir la verdadera índole de sus actos. Trata de pasar un error de graves proporciones (consistente en aseverar que la delincuencia es una categoría social que él es capaz de detectar incluso en el número de sus integrantes) como si fuera un discurso meramente ofensivo (cuyo efecto pudiera remediarse ofreciendo disculpas a todos y a nadie). Pero el subsecretario no ofendió (por definición, un discurso indeterminado no es ofensivo de nadie en particular), sino que mostró incompetencia (en las cifras y en los conceptos).

Y la incompetencia no se remedia con sinceridad.

Por su parte, el ministro Burgos (quien cada día acentúa más su habitual tono compungido, como si hacer declaraciones consistiera en confesar debilidades y defectos propios) declaró a propósito del fallido nombramiento del intendente:

"No voy a discutir que hay una falla de chequeo (de antecedentes) y eso es responsabilidad del ministerio que yo lidero, y asumo la parte de la responsabilidad".

Suena bien. De nuevo un acto de sinceridad (no hubo chequeo y su omisión debe imputarse al ministro, quien asume la responsabilidad, etcétera), pero ¿de qué sirve una responsabilidad carente de cualquier consecuencia y que, más todavía, se la invoca para acabar con el tema y que así no exista ninguna?

Al igual que en el caso de Aleuy, habría que recordarle al ministro Burgos que la torpeza y la omisión no se remedian con sinceridad.

Uno de los defectos del Gobierno -que, de persistir, acabará dañando el prestigio de la izquierda- es haber cifrado todas sus esperanzas en una personalidad: la de la Presidenta Bachelet. El efecto que ello produjo fue una disminución de las ideas y del peso de los partidos. Bastó entonces que la personalidad se trizara en el caso Caval para que el Gobierno padeciera.

Ahora se está cometiendo otro error que parece ser una extensión de ese.

Este nuevo error consiste en confundir la transparencia de los actos públicos y la eficiencia gubernativa con el valor evangélico de la sinceridad. Algo así rendirá beneficios a las almas de los sinceros, pero perjudicará severamente a la política.

(*) El autor es columnista permanente de El Mercurio.


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