domingo, 26 de julio de 2015

OPINIÓN-CARLOS PEÑA-KRADIARIO

DEFENSA DEL REALISMO SIN RENUNCIA

Por Carlos Peña (*)


La política tiene a veces sus misterios aparentes. La Presidenta acaba de elaborar uno: se trata del "realismo sin renuncia", el lema que guiará la segunda parte de su mandato.
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¿Qué significa esa fórmula?
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Un gobierno que se dedicó a inflamar las expectativas y consintió que los ánimos de las masas se ajizaran debe explicarla.
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Si no lo hace, la calle le opondrá un utopismo irreflexivo (¡pidamos lo imposible!) o las minorías temerosas una tecnocracia paralizante (¡la economía no miente!).
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Hay, pues, que indagar en su significado.
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El origen de la frase se encuentra en otra que Norbert Lechner, uno de los inspiradores de los informes del PNUD, gustaba citar. Se trata de una que Italo Calvino puso en la "Jornada de un interventor": no creer nunca en las ilusiones y, al mismo tiempo, no dejar de confiar en la importancia de lo que se hace. La frase se parece a la que Fitzgerald puso en el "Crack Up":  hay que saber vivir con la convicción de que la mayor parte de los esfuerzos son inútiles, pero así y todo hay que mantener la determinación de triunfar.
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Y es más o menos lo mismo que aconseja Norberto Bobbio: mantener el pesimismo de la inteligencia y, al mismo tiempo, el optimismo de la voluntad; saber que espera el fracaso, pero así y todo mantener la determinación de triunfar.
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Como se ve, la frase de Calvino, Fitzgerald o Bobbio subraya el hecho de que a menudo la voluntad va por un lado y la realidad por el otro; que una cosa es querer hacer algo y otra poder hacerlo; que una cosa es pensar que algo ocurrirá y otra anhelar que ocurra.
Pero, ¿están siempre separadas la muda realidad de los hechos, por una parte, y la voz de la voluntad, por la otra?
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Si así fuera, quienes acuñaron la frase, y quienes gustan citarla, Lechner entre ellos, y desde ahora la Presidenta, serían simples conservadores, personas que piensan que la realidad social y la historia transitan inmunes, ciegas y sordas a los deseos de los actores sociales.
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Pero ninguno de ellos creyó o cree eso.
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El realismo sin renuncia -esto es, aceptar los porfiados hechos, pero manteniendo la determinación de cambiarlos- es lo contrario del conservadurismo a ultranza.
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El conservadurismo piensa que la realidad evoluciona en base a una legalidad inmanente que la voluntad humana no puede, en modo alguno, alterar. La política -esa escena donde los ciudadanos se esfuerzan por deliberar el mundo en el que les gustaría vivir- sería así, para el conservadurismo, como lo fue alguna vez para el marxismo vulgar, una suma de ruidos y furias, un cuento contado por un idiota que no significa nada.
Pero el realismo sin renuncia no es eso.
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El realismo sin renuncia equivale a darse cuenta de que los anhelos de los actores sociales también forman parte de la realidad y que, dentro de ciertos límites, acabarán modificándola. Es realista porque sabe que los anhelos no sustituyen de inmediato a la realidad; pero es sin renuncia porque mantiene la convicción de que puede poco a poco cambiarla. Es realista porque sabe que los meros anhelos no cambian la realidad; pero no renuncia a ellos porque sabe que sin anhelos sostenidos es imposible cambiarla.
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Este es el sentido y la importancia que posee la política democrática.
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La política, en la medida que galvaniza los anhelos y las expectativas de las personas y es capaz de conferirles un sentido, modifica poco a poco la realidad. Así, lo que hasta anteayer parecía imposible, comienza poco a poco a ser viable. ¿No es eso, dicho sea de paso, lo que ha ocurrido estas dos últimas décadas? ¿Acaso una modernización rápida no modificó las expectativas y estas, por su parte, no están, a su vez, corrigiendo a la primera?
El realismo sin renuncia es ni más ni menos que una reivindicación de la política democrática: subraya el hecho de que el cambio democrático no es un asalto utópico, pero tampoco una simple resignación frente a los hechos.
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¿Sabe a poco?
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Para quienes piensan que la política es un sueño escatológico -traer al presente, y de una vez, la realidad última que se anhela-, el realismo será siempre una renuncia.
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Para quienes creen, en cambio, que la política democrática es el esfuerzo de modificar los fríos hechos -comenzando, paradójicamente, por aceptarlos- la declaración de la Presidenta es, en su brevedad casi aforística, y aún en su inexplicable tardanza, todo un acierto.

(*) El autor es columnista estable de El Mercurio

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