miércoles, 4 de mayo de 2016

Opinión de un sociólogo

LAS MANOS EN LA MASA

Por Hugo Latorre Fuenzalida

La corrupción en la sociedad chilena se ha ido haciendo parte del lenguaje y de la anti-ética nacional.  Cuando eso acontece, es como aceptar que  en el matrimonio (la convivencia) de las personas se toleran los defectos que acompañan a todas las formas organizadas de interacción entre los hombres. Es decir, lo que es una falta se transforma en algo natural….y ahí radica lo peligroso.
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Porque esta corrupción masificada, que nace con la dictadura pinochetista y el régimen neoliberal, se viene extendiendo al mundo de la política, de manera transversal y también a la Iglesia (que se degenera éticamente por la vía de la inmoralidad carnal y por la corrupción económica en la jerarquía, que se adscribe preferencialmente a los poderosos (ya no a los pobres, como lo demanda su doctrina), poderosos que están manchados por el pecado de prevaricación, avaricia, sevicia y dolo.
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Los políticos de estos tiempos han adolecido de inocencia oligofrénica o de mala intención rayana a la perversión, pues han dejado en manos de los militares una cantidad de riqueza, destinada supuestamente a la compra de armamentos, sin ningún control, con la disculpa del secreto estratégico en la adquisición de armas por el Estado chileno. Como si los sistemas de espionajes en el comercio armamentista no diera la información suficiente para que los supuestos “enemigos” se enteren de manera expeditiva, al siguiente día, cada vez que se adquiere alguna chatarra de esas que sirven para justificar los “juegos de guerra” entre naciones periféricas y subalternas, como somos las de América Latina.
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Sabemos todos que las guerras de estos días duran poco, pues el “controlador imperial” que normalmente tiene el registro de lo que poseemos, también posee los repuestos y las reposiciones. Sabemos también que nos venden armas sofisticadas pero las municiones que entregan para tales aparatos son muy limitadas y si se les antoja parar la guerra lo hacen el día que quieran. Finalmente sabemos que en las guerras de hoy, lo que se pueda ganar en terreno se pierde luego en secretaría, porque las potencias y los organismos internacionales optan ahora por la conservación de lo que hay antes que introducir conflictos  que nunca se sabe cuándo acaban. La historia de Europa está preñada de esos conflictos generados en las fronteras movidas por guerras nacionales.
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Sabemos también que el camino del entendimiento es mucho más digno del género humano que el del enguerrillamiento feroz y contumaz; que es también más barato y que promueve actitudes de largo plazo que benefician a todos. Pero parece que siempre existen esas mentes delirantes de nacionalismo que hacen, de pasada, muy buenos negocios a expensas de la vida de los demás y de la ruina de muchos. El juego militarista es un lujo demasiado caro para los países pobres como los nuestros, más cuando es un juego sin ganadores y sí muchos perdedores.
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Para volver al tema de la corrupción militar en Chile, tenemos que admirarnos de que se persista en mantener en manos de hombres que se han mostrado tan corrompidos como los demás una cantidad de recursos que el país necesita con urgencia para inversiones mucho más reales y beneficiosas. Esos montos tan abultados de dinero se administra en secreto por una institución que –hemos visto- es incapaz de ejercer un control efectivo sobre su gente; que es procesada por una justicia militar que es, lo hemos visto, un aval para la impunidad de sus efectivos, hagan lo que hagan.
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Lo que queda demostrado con todos los años que se ha permitido este derroche absurdo, es que tenemos un Estado alfeñique y un liderazgo poco confiable, incapaz de sacar adelante las reformas que se debieron hacer hace mucho tiempo y arrancar de las manos cleptómanas esos recursos que los enfermos necesitan, que los niños y jóvenes reclaman para su educación, que los viejos requieren para su bienestar, que la economía precisa para dar el salto al desarrollo, que los científicos suplican para contribuir a que Chile emerja de este foso inmoral y estúpido en que lo mantienen.
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Esa ley que Ibáñez propuso, como buen militar,  que Pinochet reactivó y que la democracia anterior la mantuvo congelada, debe volver a su hibernación por el bien de Chile. El “cuco” a los militares y a las presunciones belicistas de nuestros vecinos, deben ser desestimadas y reconducir nuestra estrategia de convivencia por el camino de la integración y no de la tontera del “gallito” armamentista. Se trata de miles de millones de dólares que se destinan cada año, que literalmente se bota al basurero de chatarras cada cierto tiempo, tiempo de caducidad que es  cada día más corto y más costoso. ¿Cómo no hemos podido sacar enseñanza de países como Costa Rica, que decidió no ser un país belicista  y deshizo su aparato militar? Eso explica su gran desarrollo desde los años 50 del pasado siglo. Y como Costa Rica hay más de 50 naciones del mundo que han decidido no jugar el juego de la guerra y, que se sepa, nadie los ha invadido o atacado.
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Entonces la explicación de esta tozudez tendenciosa no es otra que la de intereses creados, que no de las razones de Estado.
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Muchos dirán que decir estas cosas es una irresponsabilidad; yo les digo que es más irresponsable no atender las necesidades urgentes de un pueblo sufriente en el día a día de la vida, y gastarse una fortuna en prestar oídos a un sufrimiento presunto en caso posible de un conflicto que, además, es probable que nunca se dé.
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Creo que las evidencias de descomposición en las Fuerzas Armadas deben alertar a un cambio drástico, que lleve al retiro de los recursos  depositados en sus manos y reasignarlos a un gasto por el desarrollo integral que Chile reclama en tiempos de escasez. No hacerlo es cobardía, desidia y obcecación morbosa. Sería otro signo de una decadencia del cuerpo político, cuyo síntoma psíquico es la incapacidad de reaccionar, incluso ante lo obvio.

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