jueves, 19 de mayo de 2016

INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA

CHILENOS SIN VERGÜENZA



 
El Transantiago muestra una realidad innegable: el individualismo, la falta de solidaridad y los bajos estándares éticos de casi el tercio de sus pasajeros.

Por Hernán Ávalos

Los “colados” que no pagan sus pasajes en el Transantiago alcanzan el 28,7% promedio, según el último registro del Ministerio de Transporte. Esto significa que de 100 pasajeros, al menos 28 son pillos, caraduras o sinvergüenzas, como quiera llamárseles. Y por cierto no viajan gratis, pues las empresas concesionarias de buses tienen contratos garantizados por una cantidad determinada de boletos que asegura sus utilidades. Por consiguiente, el Estado debe subsidiar esta evasión para cumplir sus compromisos y así mantener el transporte colectivo funcionando, a pesar de las falencias que presenta.

Esta no es una estadística más sobre el ranking de popularidad de las autoridades con que nos anestesian semana a semana los medios de prensa tradicionales. Es la constatación de una conducta reiterada, de un comportamiento de un conjunto de usuarios santiaguinos del transporte, el cual refleja su profundo individualismo, una carencia absoluta de solidaridad y respeto por el prójimo, como también su falta de educación y civilidad. Sin temor a equivocarnos, podríamos apostar que ninguno de éstos “pillines” cede el asiento a las mujeres o ancianos, ni está interesado en participar en los encuentros locales para debatir por una nueva Constitución Política para su país.

Según el reportaje que emitió TVN el martes 17 último, la frescura de los que no pagan en los buses capitalinos cruza todo el espectro socioeconómico. Fue observado en servicios que atienden comunas como Puente Alto, Lo Espejo, Ñuñoa, Huechuraba, Vitacura y Las Condes. Y lo más llamativo es que los infractores en su mayoría son estudiantes, profesionales o trabajadores jóvenes de ambos sexos. Cuando son sorprendidos por los fiscalizadores del transporte intentan justificarse con excusas risibles, o agravan su falta con una mentira recurrente: “! El amigo que me pagó ya bajó del bus ¡”.

Lo más probable es que los “colados de los buses” sean los mismos que copian en las pruebas, o presentan documentos o textos como propios en sus centros de estudio o trabajo, apropiándose de la autoría intelectual de otros;  “roban puestos” en la fila del banco, el supermercado o los servicios; van a misa el domingo, piden perdón, hacen promesas de enmendarse y cuando salen de la iglesia vuelven a la actitud prepotente con sus semejantes que los caracteriza. Cuando son adultos buscan el lucro a ultranza y maximizar sus ganancias. Luego evaden los impuestos sin remordimientos y mientras el sistema lo permite, pagan el sueldo mínimo a sus empleados.

Este numeroso universo de pillos que escamotea el pasaje del Transantiago, no necesariamente resulta comparable con el grupo de políticos, empresarios o funcionarios corruptos que desfilan por los tribunales. Tampoco está entre los cobardes que golpean a las mujeres por celos, o para quitarle sus carteras o robarle sus vehículos. Aunque algunos si podrían ser los mismos encapuchados que arruinan las protestas y manifestaciones públicas haciendo desmanes, o rompiendo los escaños en los estadios del fútbol. No obstante, todos ellos tienen en común una falta de cultura cívica y de solidaridad, carencia de principios y valores morales, como también bajos estándares éticos.

Para evitar la evasión en los pasajes de buses santiaguinos, el Gobierno estudia una reforma legal para transformar la falta en “hurto-falta” aumentando su penalidad y haciéndola equivalente con la apropiación de mercaderías desde supermercados, tiendas o comercio en general. Y aunque el “hurto-falta” sólo contempla penas remitidas, nunca cárcel, faculta a las policías para detener a los infractores,  ponerlos a disposición del Ministerio Público y ser llevados a las audiencias de control de detención ante los Tribunales de Garantía. También están siendo aumentados el número de fiscalizadores de pasajeros y serán colocados un millar de torniquetes, similares a los que tiene el Metro, en los paraderos que soportan mayor demanda.

Los medios de comunicación masivos sin contenidos críticos, especialmente la TV, ofrecen una falsa sensación de integración social en las personas y consiguen aislarlas, disgregarlas de su entorno. Las redes sociales y especialmente las aplicaciones entregadas por la telefonía, tan demandadas por los jóvenes (es cuestión de observar el tiempo que le dedican en buses, metro, salas de espera, plazas y parques) también contribuyen a darles la sensación de formar parte activa del cuerpo social. Pero la verdad es que no dejan de ser un intercambio de imágenes o contenidos frívolos e intrascendentes entre pequeños grupos de iguales, en definitiva el espejismo de una auténtica participación en comunidad, anulando en ellos la energía y el esfuerzo requerido para comprender la realidad y comprometerse con los cambios que de tanto en tanto requiere la sociedad.

¿Cuántos años deberán transcurrir para que las nuevas generaciones de jóvenes cambien de actitud y comprendan que necesitamos unos de otros para que nuestra sociedad dé un salto cualitativo en progreso material, cultural y espiritual? Difícil calcularlo. 
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No obstante visualizamos cuál sería la senda para romper el círculo perverso de la formación valórica deficitaria en los hogares donde creemos está el germen del individualismo y el entorno carenciado que lo mantiene: amor sin reservas en el seno familiar, desarrollo económico sustentable, distribución equitativa del producto y de los ingresos, educación gratuita y de calidad, reposición del civismo y la ética en los currículos educacionales, estímulo y fomento de la participación ciudadana en organizaciones intermedias como los partidos políticos, los colegios profesionales, las juntas de vecinos, los sindicatos, las cooperativas, los centros de padres y apoderados, y todas aquellas entidades comunitarias que contribuyan a generar auténticos líderes políticos y crear vínculos solidarios entre las personas. Esta sería la base social deseable para un país integrado que podría ofrecer a sus ciudadanos oportunidades de progreso (a cada cual según sus talentos y capacidades) bienestar y felicidad, sin exclusiones ni discriminaciones de ninguna naturaleza.

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