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lunes, 12 de octubre de 2015

IGLESIA
Papa Francisco ¿Héroe o villano?
Por RICARDO BAEZA 

Hay mucha gente absolutamente extrañada por las declaraciones filtradas del papa Francisco al secretario de la Conferencia Episcopal de Chile, Jaime Coiro; donde respaldaba al obispo Barros y tildaba de ciudad "tonta" a Osorno por sufrir al dejarse llevar por las críticas armadas por los "zurdos".

Y la extrañeza proviene porque se ha considerado –y con justa razón– que este papa ofrece una cara distinta, más abierta a los nuevos tiempos, enfocado en la preocupación por los pobres. Una imagen muy diferente a lo que la estructura eclesiástica nos ha tenido acostumbrados: una iglesia lejana de la gente y con una curia más preocupada de resguardar la imagen institucional que de las directrices pastorales hacia los fieles. Entonces ¿cómo congeniar esta imagen de líder reformista y humanitario con la de este cura poco empático, que se empeña en defender a alguien tan ampliamente cuestionado moralmente? Tal vez porque nos olvidamos que detrás de ese traje santo e inmaculado existe un ser humano real, llamado Jorge Bergoglio, así como un contexto institucional específico y un momento histórico altamente particular.

¿Alguien medianamente inteligente podría suponer que el cardenal Bergoglio hubiera sido electo papa, por un colegio cardenalicio ampliamente conservador y de derecha, si él mismo no fuera también profundamente conservador y de derecha? No olvidemos que hubo dos grandes objetivos en la última elección papal, por una parte elegir a alguien que ayudara a cambiar la resentida imagen de la iglesia en la opinión pública (producto de los escándalos sexuales y financieros) y, por otra parte, contribuir a cambiar la configuración del poder al interior de la propia curia vaticana. Difícilmente se hubiera optado por elegir a alguien que pretendiera ir mucho más allá que eso. La idea nunca fue tratar de avanzar hacia una transformación radical en una institución tan profundamente conservadora como la iglesia católica, sino más bien avanzar hacia un cambio de imagen, de sintonía con el mundo católico y sus bases.

Y en eso el papa Francisco ha sido altamente exitoso e incluso podemos decir que hasta ha logrado ir más allá que lo que muchos esperaban, emitiendo declaraciones públicas muy cuestionadoras del establishment y que han despertado una oleada de esperanza de renovación y de cambio. Algunos dirán que esto es buena prueba de los cambios que se avecinan dentro de la iglesia. Otros, más escépticos, considerarán que no es más que un mero maquillaje y sólo un gesto conveniente “para la galería”.

Hay que saber qué tuercas apretar, en qué momento y con cuánta fuerza. Más aún si hay que trabajar con las personas que ya existen en la institución y que no resulta posible cambiar de un día para otro sin generar aún mayores resistencias. ¿Será ésta la razón de que Francisco insista en respaldar a Barros, para evitar un remezón mayor en la jerarquía eclesiástica chilena, como una especie de compensación acordada habiendo permitido ir contra Karadima con la condición de que no cayera nadie más de su círculo y evitar así un daño más generalizado en la iglesia chilena?
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El caso es que, sea como sea, Bergoglio está llevando adelante un papado diferente y que sintoniza con la gente como nunca antes había ocurrido con una autoridad vaticana. Y hacerlo dentro de una institución tan fuertemente conservadora, y que por ende se resistirá con vehemencia a los cambios, requiere de mucho tacto y habilidad política. Es decir, los avances (si es que los hay) deben ser ajustados, paulatinos y oportunos.

¿Será este respaldo a Barros una manera de evitar menoscabar a Errázuriz, quien es uno de sus soportes más firmes en la comisión que busca abordar el estratégico tema de la estructuración interna vaticana? ¿Será simplemente el propio Bergoglio el que habla, desde su propia postura política y humana? La verdad es que podemos llegar a especular todo lo que queramos hasta el cansancio, porque lo cierto es que los hechos no son todo lo claros que nos gustaría que fuesen. Y eso nos descoloca y nos incomoda profundamente.

¿Por qué tanta incomodidad? Creo que el problema de esto es el simplismo con el que estamos acostumbrados a funcionar. En vez de asumir la complejidad propia de la naturaleza humana, nos agrada caer en la caricatura y simplemente diferenciar entre “buenos” y “malos”. Y todo lo que piensan, dicen y hacen los primeros está perfecto, mientras que si lo piensan, dicen o hacen los segundos resulta de lo peor. Y mucho menos nos detenemos a analizar los contextos en los que las situaciones se dan.

Y esto es curioso porque basta con mirarnos a nosotros mismos para darnos cuenta que, aún suponiendo que nos inspire algún principio claro, la coherencia absoluta con aquello siempre se nos hace francamente difícil y hasta excepcional. Las circunstancias nos afectan, nuestro humor, nuestras necesidades. Y más improbable aún si son los demás los que esperan de nuestra parte cierta coherencia perfecta respecto de lo que ellos, no nosotros, consideran que deben ser nuestros principios rectores. En resumen, todos y cada uno somos la prueba viviente de la complejidad de la naturaleza humana.

Sin embargo, caemos una y otra vez en el error de asumir que deben existir personas en una categoría moral diferente, como si estuvieran por sobre las circunstancias de la naturaleza humana. Aquellos que, por evidenciar logros excepcionales o manifestar actitudes notables en cierto ámbito, automáticamente suponemos que deben ser destacables y coherentes en todo lo demás. Y así, se convierten para nosotros en una especie de súper humanos, iluminados o gurúes. Y se termina caricaturizando a la persona, colgándole un cartel (para mal o para bien) y desde entonces procedemos a interpretar todo a través de dicho cartel. “Sabemos que es bueno, así que si hizo algo malo tiene que haber sido sin querer” “Es un sinvergüenza, por lo que si hace una buena acción es que algo debe traerse entre manos”.

La naturaleza humana no es así, es menos coherente y mucho más compleja de lo que desearíamos. Y aunque nos encantaría que hubiera buenos y malos (para simplificarnos la vida e identificarnos con los primeros, por supuesto), la verdad es que nadie califica con propiedad como tales. Las acciones si, las personas no. Y así como hasta el peor de los villanos puede ser capaz de la acción más noble, también el catalogado de bondadoso puede llegar a cometer fechorías. Pero ni en uno ni en otro caso se convierten automática y plenamente en héroes ni en villanos. Como bien diría Ortega y Gasett, yo soy yo y mis circunstancias… y obviamente el propio papa Francisco tampoco escapa a ello.

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