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viernes, 2 de octubre de 2015

OPINIÓN DE UN TEÓLOGO
OTRA FORMA DE RESOLVER LOS CONFLICTOS
Por Leonardo Boff

Siempre ha habido en la humanidad, especialmente bajo el patriarcado, conflictos de todo orden. La forma predominante de resolverlos ha sido y es la utilización de la violencia, para doblegar al otro y encuadrarlo en un determinado orden. Ese es el peor de los caminos, pues deja en los vencidos un rastro de amargura, de humillación y de deseo de venganza. Y así se perpetúa la espiral de la violencia que hoy adquiere especialmente la forma de terrorismo, expresión de la venganza de los humillados. ¿Será esta la única forma de resolver sus contiendas los seres humanos?

Hubo alguien que se consideraba “un loco de Dios” (pazzus Dei), Francisco de Asís, que podría ser también el actual Francisco de Roma que buscó otro camino. El anterior era el de gana-pierde. Este último, el gana-gana, vacía las bases para el espíritu belicoso. Tomemos ejemplos de la práctica de Francisco de Asís. Su saludo usual era desear a todos: “paz y bien”. Pedía a sus seguidores: “Todo aquel que se aproxime, sea amigo o enemigo, ladrón o bandido, recíbanlo con bondad” (Regla no bulada, 7).

Consideremos la estrategia de Francisco frente a la violencia. Tomemos dos leyendas, que, como leyendas, guardan mejor el espíritu que la letra de los hechos: los ladrones del Burgo San Sepolcro y el lobo de Gubbio (Fioretti, c. 21).

Una banda de ladrones se escondía en los bosques y saqueaba a los transeúntes de los alrededores. Movidos por el hambre fueron al eremitorio de los frailes a pedir comida. Son atendidos, aunque no sin remordimientos, por los frailes: “No es justo que demos limosna a esta casta de ladrones que tanto mal hacen en este mundo”. Presentan la cuestión a Francisco. Este sugirió la siguiente estrategia: llevar al bosque pan y vino y gritarles: “Hermanos ladrones, venid aquí; somos hermanos y les traemos pan y vino ―felices comen y beben―, luego háblenles de Dios, pero no les pidan que abandonen la vida que llevan porque sería pedir demasiado; pídanles solamente que cuando asalten no hagan daño a las personas. Otra vez, Francisco aconseja: llévenles algo mejor, queso y huevos. Más que felices los ladrones se regocijan, pero oyen la exhortación de los frailes: “dejen esta vida de hambre y sufrimiento; dejen de robar; conviértanse al trabajo que el buen Dios va a providenciar lo necesario para el cuerpo y para el alma”. Los ladrones, conmovidos por tanta bondad, dejan aquella vida y algunos hasta se hicieron frailes.

Aquí se renuncia al dedo en ristre acusando y condenando en nombre de la aproximación cálida y de la confianza en la energía escondida en ellos para ser otra cosa diferente a ladrones. Se supera todo maniqueísmo que distribuye la bondad de un lado y la maldad del otro. En verdad, en cada uno se esconde un posible ladrón y un posible fraile. Con tierno afecto se puede rescatar el fraile escondido dentro del ladrón. Y eso ocurrió.

Esta estrategia de renuncia a la violencia aparece claramente en la leyenda del lobo de Gubbio que atacaba a la población de la pequeña ciudad. Se supera de nuevo la esquematización: por un lado el “lobo grandísimo, terrible y feroz” y por el otro, el pueblo, lleno de miedo y armado. Se enfrentan dos actores cuya única relación es la violencia y la destrucción mutua. La estrategia de Francisco no es buscar una tregua o un equilibro de fuerzas regidas por el miedo. No toma partido por una parte ni por la otra, en un falso fariseísmo: “malo es el otro, no yo, por eso debe ser destruido”. ¿Nadie se pregunta si dentro de cada uno no puede esconderse un lobo malo y al mismo tiempo un buen ciudadano?

El camino de Francisco es esta unión de los opuestos y aproximar a ambos para que puedan hacer un pacto de paz. Va al lobo y le dice: “hermano lobo, eres un homicida pésimo y mereces la horca, pero reconozco también que es por hambre que haces tanto mal. Vamos a hacer un pacto: la población va a alimentarte y tú dejarás de amenazarlos”. Luego se dirige a la población y les predica: “vuélvanse hacia Dios, dejen de pecar. Aseguren alimento suficiente al lobo y así Dios les librará de los castigos eternos y del lobo malo”.

Dice la leyenda que la pequeña ciudad cambió de hábitos, decidió alimentar al lobo y este se paseaba entre todos, como si fuese un manso ciudadano.

Ha habido intérpretes que leyeron esa leyenda como una metáfora de la lucha de clases. Puede ser. El hecho es que la paz conseguida no fue la victoria de uno de las partes, sino la superación de los lados y de los partidos. Cada uno cedió, se verificó el gana-gana e irrumpió la paz que no existe en sí, sino que es fruto de una construcción colectiva entre los ciudadanos y el lobo.

Conclusión: Francisco no estimuló las contradicciones ni removió la dimensión sombría donde se cuecen los odios. Confió en la capacidad humanizadora de la bondad, del diálogo y de la mutua confianza. No fue un ingenuo. Sabía que vivimos en la “regio dissimilitudinis”, en el mundo de las desigualdades (Fioretti, c. 37). Pero no se resignó a esta situación decadente. Intuía que más allá de la amargura, existe en el fondo de cada criatura una bondad ignorada a ser rescatada. Y lo fue.

Llegará el día en que los seres humanos asumirán la inteligencia cordial y espiritual, cuya base biológica identificaron los nuevos neurólogos, que completa la razón intelectual que divide y atomiza. Entonces habremos inaugurado el reino de la paz y de la concordia. El lobo seguirá siendo lobo pero no amenazará a nadie.

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