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martes, 19 de mayo de 2015

OPINIÓN-LATORRE-KRADIARIO
LOS PROFETAS OLVIDADOS DEL PENSAMIENTO CRISTIANO
Por Hugo Latorre Fuenzalida

Charles Péguy, pensador de extracción obrera, de vida humilde, socialista en primera vocación y cristiano en segunda, última y eterna. Crítico furibundo  de todo aburguesamiento del alma y de toda hipocresía intelectual. Defensor del espíritu, de la esencia de las cosas;  pariente de Sócrates en sacar mentira de verdades consagradas, en irrumpir con la contraparte de una tesis. Pariente de Platón en resaltar su vocación por alcanzar los ideales más sublimes; también amigo de Bergson en sacar de la vida los impulsos de lo vital.
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Pero, por sobre todo, Péguy es un símbolo de la pasión incansable por la justicia y la verdad, cueste lo que cueste. Por lo mismo advertía: “Tú dices la verdad, pero no será verdad si no estás dispuesto a pagar el precio que exige esa verdad”.
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Ello le llevó a romper con sus aliados (socialistas) que adoptaron compromisos deshonrosos, también con los Dryfusianos, que luchaban contra la discriminación racista.
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Cuando se prohíbe  a su revista publicar artículos que propiciaban una defensa de la república ante la amenaza armada (los pacifistas dreyfusianos y los socialistas), entonces se da cuenta que la mística socialista es traicionada por la política socialista. De ahí  concluye que…. “Siempre  se inicia todo movimiento desde la mística y concluye atrapado en los compromisos de la política.”
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Era tan de testimonio, que nunca terminó sus estudios, siendo brillante alumno y  apreciado en sus proyectos académicos por relevantes personalidades de su tiempo; abandonó la vida académica y su futuro, simplemente por estar demasiado ocupado en solidarizar con diversas causas urgentes, que le valieron innumerables varas rotas en su espalda.
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Es que el profesaba una devoción especial a sus “tres místicas”: 1) la mística hebrea-judía, que refleja en el Antiguo Testamento esa historia de sufrimiento y fidelidad de todo un pueblo para con su Dios. 2) La mística cristiana, que representa al hombre justo, acusado y sacrificado injustamente 3) la mística francesa: que es la lucha de una república que  se esfuerza por instalar la justicia universal.
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Concurre, en consecuencia, a servir durante la primera guerra y ahí muere de un balazo en la cabeza.
Para Péguy, la raíz de cualquier mística es permanecer fiel a la verdad y a la justicia, a pesar de los compromisos del partido.
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Rechazaba imponer ortodoxias, incluso entre los colaboradores de los “Cahiers” (revista fundada por él). Estos colaboradores diferían en muchos puntos de vista …,y todos eran publicados. Péguy decía que una publicación tiene vida si al menos un quinto de los lectores la rechaza; pero en la siguiente publicación otro quinto diferente también la rechaza. Lo justo consiste en comprobar, decía, que nunca es la misma quinta parte.
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Rechaza las verdades establecidas, por eso ensañaba que “una gran filosofía no es la que instala un sistema o una verdad definitiva, sino la que apenas plantea una inquietud”. Así se hacía enemigo de las “tiranías intelectuales”, tan propias del pensamiento de los últimos tres siglos.
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Señalaba, en consecuencia, que “el secreto del hombre interesante, está en que él mismo se interesa por todos.”
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Para los pensadores sensibles de su tiempo, tanto desde la vertiente socialista como la cristiana, la lucha por la justicia implicaba la revolución. Pero como él supo de la perversión del poder una vez que se instala como tal-lo percibió en los resultados de las convenciones internacionalistas del socialismo, y también lo percibe en la Iglesia católica y los cristianos,  que olvidan sus compromisos con los pobres y perseguidos-, decide una sentencia irrenunciable: “ La revolución será moral, o no será nada”.
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A la vuelta de un siglo, podemos ver que esta sentencia ha sido ratificada por la realidad histórica, pues los socialismos que olvidaron el compromiso moral y la Iglesia católica que ha olvidado lo irrenunciable de su compromiso de santidad y solidaridad, les vemos a ambos movimientos, el religioso y el político, rodar por la pendiente del despeñadero, sin brújula y sin liderazgo.
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Aunque Mounier, su discípulo, le corrigiera, o mejor, complementara su sentencia, diciendo que “La revolución moral será también económica, o no será nada”, podemos señalar que esa revolución desde el espíritu, como la planteara Péguy, debe ser corroborada desde la carne, como lo planteara Mounier.
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El problema de los socialismos es que se olvidaron de una y se equivocaron en la otra, lo que es igual a advertir que era imposible hacer la revolución económica sin tener en cuenta una revolución moral, pues se corrompería necesariamente. De igual manera, sería inútil hacer una revolución moral sin hacerla económica, pues sería desencarnada, por lo tanto no humana.
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Los cristianos en política han experimentado un gran fracaso, debido a su indecisión moral y se indecisión económica. Su espíritu burgués les ha hecho tan poco propenso a pensar y a arriesgar un testimonio (como advertía Péguy), que se han conformado con las blanduras de la mentalidad burguesa, estatus que les asegura una pasantía por el poder, pero que se los arrebata luego de sus primeras incoherencias e inconsistencias, propias de los servidores de otras potencias.
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Los cristianos de hoy no quieren oír hablar de revolución. Es que les traiciona el recuerdo de las revoluciones fallidas de los socialismos llamados “reales”, que en verdad no fueron verdaderos socialismos, sino, más bien,  despotismos capitalistas de Estado.
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Lo que no perciben los cristianos de hoy, es que el Estado democrático moderno deja de ser un Estado “oriental”, es decir despótico, para convertirse en los que el cientista político griego francés, Nicos Poulantzas, llama Estado de integración y que Gramsci identificaba como el sistema Occidental de gobierno.
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Pero se han vueltos tan pragmáticos del poder, que los cristianos de hoy sólo aspiran a dominar el aparato de decisiones para que no sea arrebatado por la amenaza socialista-estatista, con los cual se hacen enemigos de un estado que en occidente hacía esfuerzos reales de integración social universal. Pero al mismo tiempo, se convierten en servidores de un sistema capitalista que lo que busca  es deshacerse del Estado y montar un sistema de poder basada en la potencia absoluta y omnímoda del dinero, sin restricciones éticas, sin solidaridades, sin tareas mundo, es decir sin moral y sin ética, en un mundo habitados por empresas y consumidores, servidores y funcionarios, todos serviles a la única autoridad Baalica del dinero.

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