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jueves, 1 de diciembre de 2011

UN MOCITO ASTUTO… O TODO LO CONTRARIO

Por Enrique Fernández

Cuando tenía 14 años, el campesino Jorgelino Vergara Bravo fue trasplantado desde el sur de Chile a la gran ciudad, para servir como niño de los mandados en el cuartel Simón Bolívar de la DINA. Hoy, 38 años después, Jorgelino es el protagonista del documental “El Mocito”, de los realizadores Marcela Said y Jean de Certeau.

En su condición de protagonista, el ex mozo recuerda en la película los asesinatos, las torturas y los dolores de víctimas de la DINA que fueron lanzadas al mar e integran las listas de más de un millar de detenidos desaparecidos. La cinta fue estrenada el 24 de noviembre en los cines Alameda y Huérfanos de Santiago. Otras salas la retiraron antes de su estreno, porque fue entregada simultáneamente, en forma de dvd, con el semanario “The Clinic”. Sólo que el dvd tiene un desfase de tres segundos entre el sonido y la imagen, de modo que cuando el personaje mueve los labios ese movimiento no coincide con sus palabras.

Para compensar a quienes compraron la cinta, la productora se comprometió a cambiar el dvd por uno sin fallas en puntos de canje que, una semana después del estreno, aún no se conocían.

Realizadora Marcela Said
Al margen de ese problema técnico, un observador acucioso se sorprenderá ante las incoherencias del ex mocito cuando habla ante las cámaras. Incluso es notorio que al menos en dos escenas fue filmado e interrogado con varias copas demás o sencillamente ebrio. ¿Es correcto ese procedimiento en una entrevista para un documental? ¿Sabía Jorgelino que sus incoherencias en ese estado quedarían grabadas en una película? ¿Es comparable este método de entrevista con el uso de pentotal y otras drogas que aplicaban los agentes de la DINA cuando interrogaban a los detenidos?

El mocito


- Yo soy el tipo más honesto que pisa la tierra… aunque fui partícipe involuntariamente de secuestros, y de asesinatos, y de todo el atado –dice el héroe de la película en la primera escena. Admite que fue “partícipe” involuntario de los crímenes que cometieron los agentes en el cuartel Simón Bolívar, donde ningún prisionero sobrevivió.

Pero de pronto Jorgelino recapacita y quiere corregir lo que dijo:

- Oye, yo lo vi, pero nada más –advierte-. O sea, yo no participé… O sea, no podrías tú acusarme a mí de asesino. ¿Si o no? No podrías acusarme de asesino, porque de hecho… en los hechos… yo no soy asesino.

Si le parece familiar este tipo de argumentos, usted está en lo cierto. Le resulta algo conocido porque es la misma argumentación de tantos procesados que niegan su participación en los “excesos” de la dictadura militar. Ellos sólo fueron testigos o sólo obedecieron órdenes, según afirman.

Los asesinos fueron los otros, agrega Jorgelino:

- Asesinaron, mataron a tanta gente, comadre… Mira, mira, sin escrúpulos la mataron…Puta pero, pa qué te digo más…¡pa qué te digo más!... La mataron tan sin escrúpulos que a mí me dolía, siendo un adolescente… Ese es mi cuento.

Por eso, después de ver la película más de alguien se ha preguntado si el ex mocito fue cómplice o víctima de estas aberraciones. La respuesta a tan legítima duda surge de las propias palabras del personaje, mezcladas con el hálito alcohólico:

-¿Tú crees que alguna vez en la vida yo me he quebrado por eso? ¡Jamás!… No me he quebrado, no me he quebrado. ¿Sabes por qué no me he quebrado? Porque me enseñaron en la vida a no quebrarme, a ser fuerte, a ser perro.

- Gracias a Dios –concluye el ex mozo- soy un tipo astuto. Porque Dios me lo permite soy un tipo astuto. Sé manejar las situaciones, sé manejar montones de cosas y lo hago. Sobrevivo, pero… Honestamente, honestamente te digo: sé sobrevivir.

Y vaya si lo ha hecho.

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