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viernes, 5 de octubre de 2012

EL DERECHO A LA VULGARIDAD

Por Enrique Fernández

- ¡Lo volvería a hacer! –dijo la ministra.

Y lo aseguró con voz enérgica, con la certeza de tener toda la razón del mundo. Es que la noche anterior la señora Evelyn Matthei lanzó su artillería verbal contra los pocos diputados que había en la sala, donde ella tenía que entregar su exposición como titular de la Cartera del Trabajo. Su ira causó revuelo y dos legisladores estuvieron a punto de trenzarse a golpes, porque la distinguida dama utilizó insultos cargados de coprolalia. Lo mismo hicieron los dos diputados, con palabras tan soeces como las que emplean los personajes de los bajos fondos.

Pero las groserías no son patrimonio único de los bajos fondos, por cierto.

Las palabrotas se cuelan por todas partes, como los bárbaros cuando invadieron Roma. Usted puede ir por la calle caminando tras un grupo de delicadas jovencitas y, si presta atención, las oirá conversando a “garabato limpio”. El lenguaje procaz está presente a toda hora en el Metro, en el microbús, en el banco, en la oficina, el restorán, el supermercado… dondequiera que vaya. Y aparece a diario en la televisión, la radio y hasta en los titulares y entrevistas de los periódicos.

-Ese puente vale “callampa” –dijo Jaime Ravinet a comienzos de 2011. Y horas después de su exabrupto debió renunciar a su cargo como ministro de Defensa. Sin embargo, más allá del lenguajue, la vulgaridad se adentra en las actitudes cotidianas de personalidades públicas y, con mayor razón, del hombre común.

-Soy rota, ordinaria y vulgar. ¿Y qué? –admitía desafiante hace algún tiempo una conocida modelo cuyo esposo de entonces le obsequió algunas joyas que resultaron ser… robadas. Por cierto que Pamela Díaz logró superar tan enojoso percance y se convirtió en uno de los rostros mejor pagados de la televisión. Muy por debajo de Raquel y Raquelita, por supuesto.


- Me llamo Anita Alvarado y no me arrepiento de nada de lo que elegí hacer en mi vida –aseguró en su autobiografía la famosa “Geisha Chilena”. El libro relata sus hazañas en Japón, donde ella ejerció la prostitución durante varios años. Cuando volvió a Chile lo hizo con una parte o toda la fortuna que amasó su ex esposo japonés, Yuji Shida, encarcelado en Tokio en diciembre de 2001 por estafar en 12 millones de dólares a los ahorrantes de una cooperativa de viviendas.

- He sido puta y qué –afirmaba con jactancia Carlina Morales, en sus memorias publicadas a fines de los años 60. Más conocida como “la Tía Carlina”, fue regenta de un exclusivo burdel de Santiago a mediados del siglo XX, en la calle Vivaceta 1226.

 En tiempos de la dictadura militar, el escritor Enrique Lafourcade advirtió que Chile se sumergía en un “apagón cultural” por las restricciones a la libertad. Es lo que había anunciado en 1929 el filósofo español José Ortega y Gasset, en su ensayo sobre “La Rebelión de las Masas”, donde predijo que la sociedad se encaminaba a una etapa de decadencia cultural por el avance de la vulgaridad en todos los terrenos de la vida diaria.

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”, señala el filósofo. No se trata, según explica, de que el hombre vulgar desconozca su condición de “flaite”, como diría un lolo, sino que “proclame e imponga el derecho de la vulgaridad o la vulgaridad como un derecho”.

Es el caso de Pamela, Anita y la “Tía Carlina” que impusieron su derecho a sobresalir y “ser alguien en la vida”. La televisión está llena de personajes chabacanos como el “Kike” Morandé, Salfate o la doctora Cordero. Por eso Mario Vargas Llosa sostiene, en un artículo publicado hace dos años, que la televisión ha “aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos”,

¿Será este apagón el origen de la crisis de las instituciones que preocupa a diferentes observadores? Porque son demasiado intensos los vientos de vulgaridad y descrédito que soplan sobre líderes y organizaciones, que en otro tiempo fueron respetables por su formación académica. Instituciones como el Poder Judicial, desprestigiado por su “puerta giratoria” y sus dictámenes arbitrarios como el de la jueza que dejó libre a un barrista confeso de asesinato. O la Iglesia Católica, con la debilidad de sacerdotes y obispos envueltos en escándalos sexuales y acusaciones de pedofilia. O el magisterio, cuyos representantes en las salas de clases son agredidos por sus alumnos. O las universidades entregadas al lucro, los ingenieros que construyen puentes que se caen, los médicos que falsifican licencias y, en fin, los políticos que prometen cuando son candidatos y no cumplen cuando son elegidos. Amenazada por la decadencia y sin instituciones sólidas, la sociedad podría encaminarse a una etapa de inestabilidad.

Y eso ya ocurrió en Chile, en 1973.

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