viernes, 10 de marzo de 2017

Opinión de experto
¿PODRÁN SOBREVIVIR LOS PARTIDOS POLÍTICOS?
Por Hugo Latorre Fuenzalida.

En las sociedades a través de la historia se dan diversas instituciones dominantes, es decir que ejercen un poder destacado, una influencia universalizada, una verdadera hegemonía. Así, antaño estuvimos acostumbrados al rol dominante de los soberanos, que hoy ya casi desaparecen o quedan relegado a la formalidad puramente simbólica; también la Iglesia Católica tuvo en nuestra  América, y antes en Europa, un protagonismo que acreditaba una verdadera dominación social.
Hoy por hoy, esa institución religiosa se afana y pretende ser como antes, pero todos sabemos que su poder está decayendo aceleradamente urbi et orbi. La prensa escrita puede ser otro ejemplo, así como los teléfonos fijos, el telégrafo junto al servicio de correo estatal, también los regimientos de caballería o las fuerzas montadas. Todas estas verdaderas instituciones funcionales a la modernidad, ya están siendo reemplazadas de manera irreversible.
Los partidos políticos parecen ser otra institucionalidad que comienza a declinar a ojos vistas. Los partidos ideológicos o de masas, de cuadros o como se quiera, representaron un tipo de organización social y cultural que ya está siendo traída por los cabellos de la cultura posmoderna y de un capitalismo postindustrial, postlaboral, posthistórico y postsocial, como los describen Alain Touraine, Daniel Bell, Vattimo, Lyotard, Baudrillard, etc.
Ya no se trata sólo de una renovación de las élites, como proponía Wilfredo Pareto; es un cambio de paradigma estructural de la sociedad, parecido a los que planteaba Thomas Khun para el caso del saber y hacer científico. Hay cosas que la historia deja atrás, aunque las arrastre por un tiempo con desempeño casi bochornoso, por parte de dichas instituciones rémoras. Es como esos señores de alta posición que luego se arruinan pero siguen con los modos, discursos y actitudes de gente principal, aunque su atuendo señale otra cosa.
Así ha pasado y está pasando con los partidos socialdemócratas, los partidos comunistas, los partidos socialcristianos, los partidos socialistas. Los partidos de derecha se mudan pero reaparecen con el rostro pintarrajeado de conservadores,  demócratas o de fascistas, dependiendo de los vientos que soplen. Porque la derecha es como un virus mutante, siempre muestra capacidad de ataque, sólo cambia su estructura en la membrana, permaneciendo intacto su núcleo. Es que en la derecha las lealtades se afilian al interés económico y eso está presente en todas las formas organizativas de la sociedad. En Chile, por ejemplo, la derecha ha sido dominantemente conservadora hasta mediados del siglo XX, de hecho el partido hegemónico del sector fue el partido conservador; luego aparecen los liberales del Partido Nacional que son reemplazados, a su vez, por el Partido Renovación Nacional y los conservadores por la UDI. Ahora de la UDI  y R.N. salen Evópolis y Amplitud, que pretenden ser más abiertos  y actuales, ideológicamente, que  los ultramontanos dominantes al interior de la UDI y RN. Es que la lógica militarista y total del poder no produce los grandes réditos que antaño les concedió.
Por la izquierda, la diáspora es conducida por los nuevos movimientos como los ex estudiantes del 2011, los anarquistas, movimientos de derechos humanos, ecologistas, minorías sexuales, ambientalistas, animalistas, pensionados, etc.
El fracaso de los socialdemócratas y socialcristianos es de carácter terminal; mueren de anemia progresiva; ya no llega sangre al corazón de esos partidos, hasta que finalmente colapsan; ni siquiera logran reproducirse en generaciones de reemplazo, con otras denominaciones. Así pasó en Italia, Francia, Venezuela, Paraguay, Perú…., y está pasando en Chile.
Una transición
La caída se ha vuelto tan vertiginosa, en los últimos cinco años, que quienes pretendan gobernar al país, en el futuro inmediato, deben cambiar el foco de sus alianzas de poder, de lo contrario estarán operando con fantasmagorías del pasado y no con las fuerzas vivas del futuro.
En este sentido, las formas institucionales de la representación ciudadana y del poder deben ser reformuladas totalmente. Los grupos políticos del futuro serán menos universales y más plurales; en su estructura se dará la semejanza a la operatividad de la “teoría de conjuntos” que la de grandes bloques cerrados. Allí podrán intersectar distintos sub grupos que coincidirán parcialmente con los otros subgrupos del conjunto mayor. Esta nueva diversidad y porosidad de los partidos implica un sistema de gobierno más parlamentario que presidencial, donde los acuerdos de gobierno se instalen, ya no a fardo cerrado en una elección programática de un bloque social, sino de propuestas acordadas y transadas entre actores que debaten día a día sus acuerdos y desacuerdos.
Las estrategias de poder serán más parecidas a los “Fabianos” que a los Espartaquistas; estrategias de “impregnación” más que de “asalto al palacio”.
Las estructuras de poder desconcentradas prevalecerán, entonces, sobre las estructuras densificadas y jerárquicas; las propuestas serán de relatos ideológicos intermedios (Merton) o de pequeños relatos (Lyotard), ya no los grandes  discursos totalistas de los iluministas iluminados.
El Ser mismo de los partidos debe ser “adelgazado” (Vattimo), es decir debilitado, porque cada vez que se construye un poder fuerte, se transforma en despótico.
Pero este proceso posmoderno, del poder en redes o rizomas (Deleuza-Guattari), puede perfectamente derivar en tiempos de crisis económica, asociado con crisis migratorias, en una fascistización, con movimientos sustentados en liderazgos autoritarios y estructura de masas manipuladas, atrapadas en una conciencia débil (del “pobre hombre”;  Eric Fromm) y en una acción pasotista, despótica y destructiva.
Pero esta salida es reactiva, no es estructural. Los liderazgos retaliativos (que buscan siempre un chivo expiatorio de los males propios) de masas fascistas, no duran ni se estructuran, pero como trombas tropicales arrasan, destruyen y se van.
No estamos libres de estos ciclones temporales, pero la tendencia  global es estructurar nuevas formas del poder, que reflejarán las nuevas formas sociales de organización y cultura.
Estamos asistiendo, entonces al fin de una época y debemos estar atentos cómo se condensan las redes y los movimientos, los rizomas y la subjetivación (Alain Touraine; “El fin de la sociedad”.), con su nueva forma directa de explicitar y denunciar, sobre una ética universal, pero asumida de manera autónoma, y ya no mediada por la institucionalidad jurídica, religiosa o ideológica, es decir social. Los derechos humanos, los derechos de minorías y la equidad como dirección del poder, serán los grandes fundamentos de esa ética directa o dessocializada.

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