martes, 23 de noviembre de 2010

Todo Lindo

Por Eugenio Alvial Díaz


Éramos todavía niñitos, cuando la profesora nos hacía repetir hasta el cansancio los pronombres personales, para aprender los verbos y sus conjugaciones: yo leo, tú escuchas, él dice, nosotros creemos, vosotros juzgáis, ellos piensan, y así, toda una suerte de giros verbales, que nos indicaban que había alrededor nuestro otras personas con las que nosotros debíamos interactuar.

Después venían las frases donde teníamos que descubrir el pronombre o sujeto, y el verbo: el abuelito nos cuenta un cuento o los abuelitos nos cuentan cuentos, todo muy cándido, de acuerdo con aquellos tiempos. Ahora, el o los sujetos han cambiado: el “tío” nos cuenta “el” cuento o hay “tíos” que nos cuentan uunos cuuentos...

Pasaron algunos años, no muchos, y nos percatamos que la mejor parte para vivir era en Independencia esquina de Libertad; se respiraba aire puro, holgura, expansión de la mente, por lo tanto, nuevas ideas e inquietudes.

Estando en estas percepciones es que nos topamos en la Historia con un 14 de julio y con una “etiqueta”, como se dice ahora, que decía: Liberté, Egalité, Fraternité. Lo estudiamos y lo encontramos, muy bueno; lo malo es que alguien de la época dijo más tarde: “Oh!, libertad, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre”, lo que resultó tenebroso.

A poco andar en los estudios, saltó una frase que me impactó profundamente, la frase era de François Voltaire : “No estoy de acuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas”. Lo encontramos sublime.

“Deo Gratias”, el tiempo que ha transcurrido desde nuestra niñez y adolescencia, que es más o menos larguito, no ha hecho mella en las primeras ideas que entraron a nuestras conciencias y que consideramos válidas, luego, seguimos conjugando los verbos como siempre: yo creo, tú crees, él cree; yo pienso, tú piensas, él piensa; yo digo, tú dices, él dice, etc.

Si en varias décadas, nadie nos ha corregido los verbos, ¿por qué ahora tendríamos que aceptar modos de conjugación tan excluyentes como, “nosotros decimos y ustedes se callan” o “yo gano y tú te aguantas”?

He aquí, que puede surgir entonces, una pluma afilada que se torna más peligrosa que una espada. Pero, peligrosa ¿por qué?, porque ¿mata?, no precisamente, si no porque el filo de una pluma radica simplemente en decir la verdad; en desembozar al emboscado; trae a la luz lo que se esconde mañosamente en las tinieblas; denuncia la desinformación; no se pone al servicio del mejor postor y por último, para abreviar, si tiene que morir, lo hace, tal vez pobre, pero con la pluma entintada y el espíritu radiante.

Por supuesto que este tipo de plumas son inoportunas, obstaculizan y arruinan planes que iban a favorecer a un determinado grupo, en detrimento del resto, por lo tanto, hay que acallarlo o reemplazarlo.

En este momento de la lectura, algunos dirán, ¿qué hay de nuevo en esto?, la respuesta es nada nuevo. El asunto es que, a pesar que el tema es archiconocido, se sigue produciendo porque el mal es crónico, luego es un deber volver a comentarlo, crónicamente.

La realidad del día a día, reflejada en varios informativos, no está teniendo coincidencia con lo que nosotros vivimos; hay una distorsión evidente que se produce, según deducimos, por el “maquillaje embellecedor” de los hechos para no perjudicar la imagen del gobierno, partidos políticos, empresas, organismos de distinta naturaleza o personajes de relieve.

Ponemos sobre la mesa, por ejemplo, la realidad del IPC; no hay concordancia entre las cifras oficiales y el rendimiento que está teniendo el sueldo mensual, especialmente en lo que se refiere al costo de los alimentos, que se traduce en menos artículos por la misma cantidad de dinero. Situaciones similares son las que ocurren con el desempleo, la delincuencia y la reconstrucción, por mencionar algunas.

Pero el actual gobierno, al parecer, está decidido a no dejar ningún flanco informativo sin resguardo, por lo tanto, ningún medio está fuera de control: recordemos la “movida” del diario La Nación. Luego, con todos los medios propicios, vivimos en “el País de Nunca Jamás”, donde el IPC está controlado, la delincuencia está bajando, el número de puestos de trabajo subiendo, los accidentes carreteros disminuyendo, es decir, existimos en el mundo de Stalin.

La pregunta es: ¿quién o quienes pueden dar fe, objetivamente, de estos maravillosas cifras?, no lo sabemos.

Lo que si nos consta es que la TV abierta produce y transmite programas endulzantes, achocolatados, aturdidores y sin valores, para mantener dopada a la teleaudiencia . Como decían los antiguos latinos “Panem et circenses”

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