viernes, 13 de diciembre de 2013

13-12-13-KRA-882

EL REY DESNUDO
Por Hugo Latorre Fuenzalida

En política y flirteos amorosos se dicen muchas mentirillas, y debe ser así porque en ambos casos se trata de seducir  y no de enamorar. Porque cuando se seduce se espera una caída en la trampa, pero cuando se enamora, se espera una relación de permanencia. Por tanto es posible mentir para lograr éxito en la seducción, pero en el enamorar, la mentira es fatal.
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La derecha  trata de seducir con mentiras y la  Nueva Mayoría trata de enamorar con medias promesas. Esto queda en evidencia cuando el ministro Larroulet sale proclamando que el derecho a votar de chilenos en el extranjero ha sido una aspiración muy sentida por su corriente (es decir la UDI o el Gobierno, del que la UDI forma parte), cuando todos sabemos que se han opuesto a ese derecho por más de dos décadas. Como dicen los flaites “¿Dónde la viste?
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Matthei, por su parte, propone prácticamente un régimen teocrático (nada que contradiga a la Biblia, sin tener conciencia que la Biblia se caracteriza por tener infinidad de pasajes contradictorios) cuando sabemos que nunca ha sido muy devota de las alturas y hace poco se las jugó para una ley de aborto y otro tratamiento para el matrimonio no convencional.
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Renovación Nacional saca propuestas para cambios en el binominal, que los acuerda con la DC, dos partidos a los que el binominal viene beneficiando; pero saben que esa ley no llega ni remotamente al sistema proporcional y que, de todas maneras mantiene la manija bajo el control de los partidos políticos y sus representantes, tan propensos a mirar sus conveniencias antes que las del país. Este maquillaje es hecho sobre un rostro demasiado viejo para que pueda encubrir las pifias de su fealdad.
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El gobierno, ante el fracaso de su propuesta contra la delincuencia, quiere que se apruebe  a última hora  una legislación represiva contra las manifestaciones  sociales. Saben que una legislación así sería más un problema que una ayuda, pues la contrarreacción  será más dura que las luchas callejeras, y normas tan absurdamente exageradas nadie se atreverá a aplicar. 
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Pero, total, el problema se lo calará el siguiente gobierno y ellos podrán acusar después que su remedio fue  ignorado, con lo cual se  pretenda, quizás, lavar ciertas culpas de una propia ineptitud.
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La derecha desea seducir, hasta el fastidio, con el “crecimiento económico”, pretendiendo con ello contrarrestar la idea dominante de que ha llegado la hora de cobrar impuestos efectivos a los ricos, que ahora se atrevió a proponer la “Nueva Mayoría” (cosa que no se atrevió a proponer durante los 20 años que estuvo gobernando). Pero ellos mismos anuncian que el país crecerá menos en el futuro y de paso señalan esa misma pretensión de cobrar nuevos  impuestos como la causa del menor crecimiento actual.
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Demás está decir que la derecha para mentir siempre lo hace con perdigones, es decir trata de matar varios pájaros de un tiro. Porque lo cierto es que el crecimiento, aducido, no ha hecho aumentar el promedio de los salarios históricos más que en una porción muy marginal, además  que los precios reales se los llevan por los cuernos. Los precios reales no son los del IPC, sino esos que no se contabilizan y que pesan  fuertemente en el presupuesto, pero que no queda registrado en los libros oficiales.
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La derecha trata de seducir con el tema de la “calidad de la educación”, con lo cual se pretende decir que el problema de la gratuidad no es  lo fundamental. Si uno mira las mediciones, el resultado de la “calidad” ha sido deplorable en los últimos 30 años, tiempo suficiente para apreciar las bondades de ese sistema privatista de la enseñanza.
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Es que no podía ser de otra forma, pues la educación es una empresa país, donde toda la sociedad debe peregrinar tras una vocación docente, de cultura superior y de integración a un proyecto de desarrollo. Con las genialidades de empresarios particulares se puede tener una chispa, pero no se dará el incendio cultural que el país necesita, pues la densidad crítica de temperatura educativa debe ser muy alta para desatar la reacción en cadena que se requiere, y no puede depender de una genialidad aleatoria o de unas cuantas fogatitas aisladas.
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La salud está siendo instalada como una actividad de mercado desde su base. Las ISAPRES son juez y parte, las instituciones fiscalizadoras son entes de escasa efectividad pues no logran corregir el mal; el estado dice que invierte mucha plata, pero medida en estándares internacionales asoma claramente que es mínima esa inversión pública. Pero además gruesa parte de esa inversión va a parar al sector privado de la salud, vía derivaciones del AUGE y pago de sobreprecios en medicamentos y equipos, simplemente porque se cree que la libertad de mercado corregiría esos costos a mediano plazo.
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Por otra parte se concesiona la construcción de hospitales cuando se sabe que es una forma distorsionada de abordar la atención operativa de salud y además representa siempre costos mayores que el hacerlo bajo la dirección pública, como históricamente se hizo.
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Se ha comprobado con las cárceles concesionadas, que ya casi duplican el costo por reo de lo que se da en las cárceles no concesionadas. Y no se trata de condiciones muy distintas de equipamiento y confort, sino de cálculos comparativos efectivos de una y otra en igualdad de condiciones. Pero como la ideología es una testaruda sinrazón, se sigue incrementando costos en las inversiones públicas, simplemente porque ello conlleva buenos negocios para los inversionistas privados, aunque se traduzca en menos recursos finales para aliviar las demandas de la sociedad.
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La nueva Mayoría, por su parte, tiene las manos metidas (en su era concertacionista) en muchos o la mayoría de estas viciosas seducciones, así que ahora pasa por una fase  terrible que consiste en “caer en la cuenta” que la “seducida” ya no comulga con ruedas de carreta ni frases bonitas. Entonces debe tratar de retomar los principios que les llevaron al poder en 1989, sin que aparezca como una contradicción escandalosa el que se pasaran 20 años haciendo lo contrario de lo que ahora postulan.
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Les costará trabajo perder el hábito de los consensos y tenderán -como la cabra al monte- a reeditar una práctica de secretismo y disimulo, que ahora no resulta posible, pues la gente está empoderada y los concertacionistas, por encumbrarse rastreramente entre los poderosos, han dejado en exhibición su trasero de fabuladores y embusteros.


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