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viernes, 17 de abril de 2015

ANÁLISIS-LATORRE-KRADIARIO
LA CULTURA QUE NOS DEFORMA Y NOS DEFORMA
Por Hugo Latorre Fuenzalida


Según Freud somos el único animal enfermo, es decir psicológicamente problemático. Lo señala como derivado de la poca armonía entre la carga instintiva y la razón que nos conforma. Es decir, los instintos se llevan mal con la razón.
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Pero antes que Freud, Nietzsche dedicó unas cuantas páginas en su obra “Humano demasiado humano”  a exponer sobre  estos mismos tópicos.
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Señala, por ejemplo que el ser humano surge a la vida social  en un medio cultural instalado y que desde esa realidad es que forma su personalidad, personalidad que es consecuencia de una cultura. Sin embargo su naturaleza  individual, “fuerte”, Instintiva”  “corpórea”, proyecta una resistencia, que es la que define la personalidad, individualidad que no es puramente biológica sino también psicológica.
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En este juego de presión social y resistencia individual al amoldamiento, surgen las particularidades de una pluralidad de tendencias, las que pueden llevar a la postura crítica (innovador) o al consentimiento  pasivo (propio del rebaño).
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A diferencia de los animales, la relación del hombre frente a su especie no está determinada en su totalidad, sino que el hombre es capaz de fijar posición frente a la misma. Esta mayor  aceptación o rechazo de la realidad cultural, impone un estado de tensión, en diferentes grados, desde el pasivo hombre del rebaño hasta el “Ubermensch”(superhombre).
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Es lo que Freud trató posteriormente en “El malestar de la cultura” y que también conceptualizó como el “Yo”, “super-yo” y el “Ello”, en la definición de la estructura psicológica y cultural, necesariamente compleja del ser humano.
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La diferencia está que para Nietzsche “el cuerpo”, es decir la parte instintiva, está compuesto por “la historia sedimentada de los hábitos”, de las costumbres, creencias y de los usos que la comunidad cultural ha transmitido. El “cuerpo” está forjado en gran medida por la tradición.
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Por tanto, para Nietzsche, la respuesta instintiva también “deviene”, no está instalada de una vez y para siempre, “….que todo ha llegado a ser; no existen hechos eternos, así como no existen verdades absolutas” (“Humano demasiado humano”).
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Es decir que en la historia del cuerpo, que es permeable, está infiltrada toda una dimensión simbólica, cultural y no puramente  químico-hormonal.
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Este es un concepto tremendamente trascendente para dar con un sentido ético de la sociedad y de cómo ésta influye en la conducta general de los individuos, pues hay una construcción social de la corporalidad. Esta construcción social de la corporalidad tiende a lograr una estabilidad  a través de una conducta homogénea de las personas de ese cuerpo social. Más que exigir un pensamiento unitario, lo que busca esencialmente es un sentimiento definido, y este  sentimiento se alcanza por los usos, costumbres, hábitos, pudiendo, éstos, llegar a determinar la forma de pensar, que también se pretende armónica y no conflictiva.
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Cuando ese objetivo es logrado, se habla por parte de Nietzsche de sociedades o comunidades “fuertes”, y son aquellas comunidades en que los instintos son “dirigidos” y los consensos son bastante sólidos y generalizados. Son sociedades domesticadas y dirigidas por la dominancia de lo que Nietzsche llama los "instintos morales”.  Cuando  las sociedades se dispersan en la predominancia de la “conciencia del YO” (Individualismo), entonces  comienza  a establecerse la sociedad regida por los instintos “radicales”, que serían más próximos a los instintos naturales, configurando sociedades “débiles” e individuos de fuerte personalidad crítica y autonomía propositiva.
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La conciencia fuerte del Yo, necesariamente se enemista con la cultura dominante, al menos en su etapa inicial, si es que logra superar su etapa temprana de asentamiento y tolerancia. Pero no se confronta de manera total con lo establecido, pues ese mismo YO es un producto de esa cultura.
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Lo que dice Nietzsche sobre lo que sucede es que esa cultura, esa historia, alimenta en distinta proporción diversas  bocas de nuestros instintos, originando las tendencias de conductas, con la inanición de unas conductas y la sobrealimentación de otras. “Cada momento de nuestras vidas deja crecer algunos tentáculos de nuestro ser y deja atrofiarse a otros, según cuál sea el alimento que el momento trae  o no consigo.” (Aurora).
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Teniendo estas bases teóricas sobre la conciencia, es bueno preguntarse, a estas alturas y con los acontecimientos que nos cercan, ¿cuáles han sido los instintos que hemos alimentado en nuestra sociedad y cuáles los que se mantienen en inanición crónica?
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Si los “instintos morales”  prevalecientes son los de la avaricia, el hedonismo, el individualismo, el egocentrismo, la insolidaridad, el materialismo, la competencia destructiva, la inmoralidad, etc., quiere decir que nuestras relaciones  de cuerpo social son necesariamente definidas por una ética depredatoria, nihilista y disolutoria, además de disoluta.
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Es hora de comenzar a preguntarnos por la ética que nos corresponde forjar para salir de la fase decadente que nos encontramos…y en esta menesterosidad es prudente y conveniente ver las salidas que nos ofrece la claridad de los pensadores que marcan los acontecimientos.  

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