viernes, 19 de mayo de 2017

Opinión

PRAGMATISMO VERSUS ORTODOXIA

Por Lidia Baltra
 

Qué tiempos aquellos! Cuando confiábamos en nuestros partidos políticos y acudir a las urnas era el panorama del día.
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Hoy el paisaje ha cambiado radicalmente. Se desconfía de los partidos y hay que reconquistar la masiva peregrinación a las urnas de que nos ufanábamos como nación democrática.
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Para conseguirlo y ganar, hay candidatos a la Primera Magistratura que lanzan como el gran atractivo para atraer votantes, que no  pertenecen y que están lejos de los partidos políticos, con lo cual, no se sabe qué representan exactamente y sólo nos queda confiar en la persona.

Y es que, por muy aporreados que estén, partidos políticos y democracia son inseparables. Ellos  canalizan el debate de  las diversas visiones del mundo y del país; nos dan señales de por dónde se avanza y son el alero responsable de sus acciones.
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Sin embargo, seguimos aportillándolos. Hasta quienes pretenden ser ciudadanos se dejan llevar por el chiflido fácil de la masa irreflexiva y gregaria. Está de moda ser anti-partidos. Y celebran cada caída, por desgracia frecuentes, como diciendo “¿ven que tengo razón?”, en vez de lamentar que se debilita la democracia.
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Al Partido Socialista se logró tiznarlo con las malas prácticas de mezclar política y dinero develadas en los últimos años, por el caso aislado de un senador nortino. Más se regocijó aún la oposición de derecha con la vociferante acusación al hijo de la Presidenta como presunto cómplice de un conflicto de intereses por los negocios de su cónyuge, de la cual, tras años de denostación, ha sido sobreseído.
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Y ahora, curiosamente en medio de los cuestionamientos al candidato Sebastián Piñera por la declaración insatisfactoria de  su fortuna, un canal de televisión privado denuncia con toques sensacionalistas que el partido de Salvador Allende había invertido su patrimonio en acciones de empresas, entre las cuales Soquimich, la del yerno de Pinochet. La revelación cayó como misil en una escuela.

Todo tiene su límite, y aunque un ex presidente del partido ordenó eliminar tal ignominia, la herida por este mal paso tardará en cicatrizar. Todos concuerdan en que no hay nada ilegal en proteger el patrimonio devuelto tras las expropiaciones sufridos en dictadura. El problema es el “cómo”.
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Se alzaron las alarmas y tanto militantes sanos y sinceros, pero desinformados, como partidos procesados por cohecho, pusieron el grito en el cielo. Se recrimina al PS actuar en contradicción con sus históricos principios anticapitalistas. Sobre todo por apoyarse en mercados financieros especulativos como son las acciones, pero también por la eventualidad de favorecer alguna vez con su voto las actividades de esos grupos económico-financieros, es decir, de caer en un conflicto de intereses.
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Los más exaltados han condenado a la Comisión Patrimonio que maneja esos fondos a las penas del infierno. Los menos, lo califican como un error grave  que se debe rectificar.
Aquélla replicó informando irónica y detalladamente la forma correcta y pragmática con que se ha operado aún antes de existir las leyes actuales de transparencia y financiamiento de la política. Y todo aprobado en su momento por los distintos Congresos partidarios.

Por su lado, en declaración oficial, la directiva actual del PS afirma que hoy no respaldan sus bienes en acciones, sino en instrumentos de renta fija nacional. La Comisión Patrimonio agrega que nunca las utilizaron, “al menos entre 2002 y 2010”.
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Las aclaraciones parecen satisfactorias. Pero a los menos pragmáticos, el embrollo - que de paso ha dado una tregua a la interpelación a Piñera por transparencia - nos deja reflexionando.

¿Es ético para un socialista usar los instrumentos del capitalismo para sobrevivir? 

¿Aún navegando en una implacable economía de mercado donde el pez más grande devora al más chico, debiera usar sólo medios compatibles con su doctrina?  Pero por otro lado, si optando por esto último fracasara, ¿cómo seguiría luchando contra esta sociedad individualista dominada por los mercados financieros?

¿Es que el fin, en algunos casos justificaría los medios?

La pregunta sigue abierta.


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