Por Manuel Acuña Asenjo
La representación política de los sectores dominantes, o lo
que se ha dado en denominar ‘derecha’, no predomina solamente, en forma amplia
dentro de Chile- sino en todo el mundo occidental.
¿Sabemos que las ideas dominantes en una época no son sino las ideas de la clase dominante? Porque quien ejerce el poder material, en una sociedad, ejerce también su poder spiritual.
Sin embargo, lo que hoy sucede es más grave: el apoyo que la comunidad da a los sectores dominantes no es el que otrora se ha brindado a su representación política tradicional. No. Esta vez se le otorga a su sector más radicalizado. Pero tampoco esto es un fenómeno nuevo. El fascismo y el nazismo accedieron al gobierno en Italia y Alemania, respectivamente, a través del voto. Y, antes, también a través del voto, de acceder al mando de la nación.
El fenómeno que informa esta nueva fase del sistema capitalista mundial se ha dado en Argentina con Javier Milei; en Estados Unidos con Donald Trump; en Ecuador, con Daniel Noboa; en Paraguay con Santiago Peña; en El Salvador, con Nayib Bukele; en Italia, con Giorgia Meloni; en Suecia, en Brasil, estuvo Jair Bolsonaro.
Ultraconservadurismo en Chile
En Chile, la situación ha sido un tanto diferente. A diferencia de los años anteriores, las organizaciones extremas no se expresan en simples movimientos (v.g.: ‘Patria y Libertad’, ‘Comando Rolando Matus’, etc.): lo hacen en forma abierta y adoptan estructuras institucionales. Son ‘partidos’, organizaciones políticas reconocidas por la ley (partido Nacional Libertario PNL, partido Republicano PR, partido Social Cristiano PSC), lo que, de por sí, pone de manifiesto el extraordinario avance que las ideas conservadoras han experimentado en los últimos años. Poseen, además, otra característica: nadie las cuestiona institucionalmente’, puesto que han adoptado ese ropaje. Por lo mismo, aunque digan las barbaridades más grandes, jamás se las moteja de ‘terroristas’,como quizá en la izquierda.
Este signo, que recorre no solamente Chile sino todo Occidente, ha hecho que no pocos analistas, molestos con su actitud, hayan calificado de ‘fascistas’ o de ‘nazis’ a tales grupos, en un afanado intento de denostarlos, vinculándolos a un pasado oprobioso. Pero esas denominaciones no nos parecen adecuadas: tanto el fascismo como el nazismo, son fenómenos históricos; como tales, jamás podrán repetirse, pues se han asentado en un período determinado de la evolución social, con sus propios actores y escenarios.
A nuestro juicio, las tendencias a las que nos hemos referido constituyen, más bien, un producto de la evolución del sistema capitalista en la era actual. Y de ese modo nos parece deberían ser consideradas. Tanto a nivel local como a nivel internacional. De hecho, no solamente se desplazan por sobre el campo formado por el desarrollo de las nuevas tecnologías y, en especial, de ese nuevo instrumento de trabajo ―que se propaga sobre la faz del planeta anunciando una nueva era―, la inteligencia artificial IA, sino, además, dan origen a nuevas formas de organización empresarial, a una nueva división del trabajo, y al predominio sin precedentes de las empresas de servicios como sostén de la economía.
No obstante, al recurrir al pasado para identificar ciertos
rasgos del fenómeno (feudalismo), no ofrece una adecuada visión de este proceso
que experimentamos —por entero nuevo—, y que, por lo mismo, requiere de una
denominación más acorde a la evolución de los tiempos y de sus actors.
Consecuencias de este giro radical de Occidente
No cabe duda que el predominio de las ideas conservadoras dentro de la sociedad occidental (Chile, entre muchas otras) está marcado por aquella sentencia que mencionamos al principio: las ideas dominantes en una sociedad son las ideas que impone la clase dominante: quien ejerce el poder material ejerce, igualmente, su poder espiritual. Aceptemos esa premisa. Pero esta no explica por qué ese conservantismo tan extremo empuja, a gran parte de la comunidad nacional, a abrazar a otro que parece más extremo y descarado aún.
La explicación puede
ser la práctica de un juego que es necesario conocer.
Agreguemos algo más: si las ideas dominantes se imponen
porque son tales, ¿cómo sería posible alterar ese fatalismo? ¿Cómo hacer que
las ideas dominantes dejen de serlo y puedan empezar a hacerlo aquellas que
habían sido proscritas desde tiempos inmemoriales?
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