miércoles, 29 de junio de 2011

¿Tiene que irse del Gobierno Joaquín Lavin?

Por Walter Krohne

El Gobierno de la Alianza por el Cambio sigue desconcertando, no porque no cumpla con sus tareas básicas sino por la falta de capacidad de aprendizaje que demuestran a diario sus principales integrantes, incluido el Presidente, especialmente frente a la democracia y las formas que tienen los políticos para navegar dentro de ella.

Es perfectamente comprensible que la mayoría de “los nuevos políticos” proviene del sector empresarial, donde el manejo de las situaciones es afrontada en forma diferente a lo que ocurre en la arena política y en la democracia. En el primero, son dos o tres personeros, que creen hacerlo con un buen nivel de eficacia, los que deciden en casi todo y el resto acata, a pesar que en La Polar se demostró todo lo contrario.

En el segundo escenario la cosa es diametralmente opuesta. En este terreno la condición número uno es saber de política y entenderla. No se trata de llegar “a lo bruto” y fijar las pautas sobre lo que es bueno o es malo para el “Chile que queremos”, como dicen repetitivamente los voceros del oficialismo, sin preguntarle a nadie ¿cuál es realmente el Chile y el modelo que queremos todos los chilenos?
En Política no hay órdenes ni toma de decisiones a cuatro paredes, sino que prima el diálogo a todo nivel para ir buscando soluciones paso a paso o avanzando dentro de ellas. Es decir el diálogo es el arte para consolidar acuerdos sólidos entre dos grupos antagónicos o dentro de las mismas tiendas políticas. Y este es justamente el problema que tiene el Gobierno que es reacio a dialogar, aunque hay que reconocer que frecuentemente anuncia intenciones en este sentido, pero cuando llega el momento se desinfla completamente y comienza a chocar con los principios más elementales de la democracia.

Esto ya lo vimos en el famoso almuerzo en el Palacio de La Moneda al que invitó el Presidente “para mejorar la calidad de la política”, pero su resultado fue un fracaso contundente y las relaciones entre Gobierno y oposición quedaron más dañadas que antes. En ese almuerzo el choque se produjo cuando en el último minuto, antes de comenzar la reunión, parlamentarios de la alianza cambiaron las reglas del juego y dijeron que sólo hablarían de los planes de desarrollo social y no de las necesarias reformas políticas como quería la oposición.

Otro ejemplo es cuando el Gobierno recurre al Tribunal Constitucional para dilucidar puntos confrontacionales de un proyecto de Ley como el del postnatal, cuando existía aún espacio para conversar evitando la imposición o exigencia de ciertos parámetros como acostumbran a veces algunos personeros gubernamentales.

Pero el colmo de todos los colmos es lo que está pasando ahora en la educación. Cuando se discute la eliminación del lucro (ganancia o provecho que se saca de algo); el retorno del manejo de la educación al Ministerio de Educación; y el mejoramiento de la enseñanza en todos los niveles; el ministro de la cartera, el ex candidato presidencial Joaquín Lavín, en vez de ahondar en el diálogo, rompe abruptamente con todo lo que ya se había avanzado y decreta un adelanto de las vacaciones de invierno para los establecimientos educacionales que están en “toma”. Es la típica solución autoritaria que tácticamente es equivocada porque conducirá seguramente sólo a una mayor radicalización del movimiento estudiantil, como lo demuestran las primeras reacciones que repudian la medida adoptada por Lavín. No es esta la forma más adecuada para resolver un problema; es complicar mayormente las cosas.

La gran mayoría de los chilenos está en contra del lucro, favorece el fin de la educación municipalizada y pide mejorar la calidad de ella aparte de reducir los costos que arruinan todos los años a muchas familias chilenas de escasos recursos que las limita en su desarrollo económico por tener que financiar a un alto costo la educación de sus hijos.

¿Por qué entonces no comenzar a abordar seriamente estos temas para ir resolviendo, dentro de un plazo determinado, cada uno de ellos?

Sabemos perfectamente que entrar en esta discusión no es precisamente el Chile que quiere la minoría chilena formada por los poderosos, los que usufructan del modelo, como que les permite a los propietarios de colegios y universidades vivir como “reyes” administrando uno de los mejores negocios que existen hoy en Chile, como es la educación. Pero intentemos al menos articular un diálogo nacional en el cual cada sector –los más poderosos y la mayoría nacional que pide cambios - expongan sus posiciones con la intención de llegar a acuerdos que, si bien no llegan a ser definitivos en un primer momento, pueden ir perfeccionándose en una segunda etapa.

Si no es así, necesitaríamos entendernos con un nuevo ministro de educación que muestre la flexibilidad necesaria y no esté comprometido con la educación que lucra en Chile.

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