martes, 6 de junio de 2017

EL PADRE JOSÉ ALDUNATE:  UN SIGLO DE VIDA PROFETA DE  LA NO VIOLENCIA ACTIVA


Por Rafael Luis Gumucio Rivas 


Ayer 5  de junio 2017 el padre José Aldunate cumplió un siglo de vida. A diferencias de los arribistas y de los fachos pobres, este sacerdote pertenece a la categoría de los “abajistas” – para utilizar la terminología del escritor Óscar Contardo – que nacen ricos y de noble cuna y, siguiendo el evangelio de Cristo, se van a vivir entre los pobres. 

Los “abajistas”, al menos a mí, me reconcilian con el género humano, mientras que los fachos pobres y los “arribistas” me inspiran pena y compasión. Afortunadamente, he conocido muy buenos “abajistas”, como Bernardo Leighton – a la muerte de su padre, repartió su herencia entre los pobres –; mi tío Esteban Gumucio, que de hijo de  un político se hizo sacerdote y fue a vivir en la población Joao Goulard; Mariano Puga, cura obrero, hijo de un rico político, don Mariano Puga Vega, que aún vive como pobre; es digno de mencionar también al cura Felipe Berríos, “el tábano de los hipócritas”, que tanto abundan en este país - además  los miles de curas y laicos anónimos.


Gracias al Concilio Vaticano en la Iglesia Católica surgió la  definición  del Pueblo de Dios, es decir,  que no es propiedad del Papa de turno, de los obispos, de los curas sino de todos los creyentes especiales los pobres.

La Iglesia  heredera de Constantino, era la “ramera” de los poderosos,  quienes adoraban más el poder y el dinero que el pobre Galileo y sus seguidores, los pesadores, elegidos por él para servir a los más necesitados.

Afortunadamente, frente las calamidadades en la historia eclesiástica, hay otra Iglesia, la de los sacerdotes obreros, que creen más en el “Cristo carpintero que en el Cristo rey”. En Francia un puñado de sacerdotes decidió hacerse obrero, con el consecuente escándalo generado en la iglesia jerárquica; muchos curas, adoradores del poder y del dinero, sostenían que al vivir como tales, se iban a convertir en comunistas; baste leer el libro Los  Santos  van al infierno para comprobar el rosario de condenación que la jerarquía eclesiástica lanzó contra los curas obreros.
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En lo personal, don Pepe me es muy querido: fue, junto a mi padre, el fundador de la revista teológica Reflexión y Liberación  - aún se publica en internet – y que durante decenios ininterrumpidos se ha convertido en la voz del cristianismo progresista, pos-Concilio Vaticano II; don Pepe también era muy amigo y confesor de mi madre – sus cuitas se las contaba en inglés para que las empleadas de la casa no se enteraran de sus pecados que, generalmente, eran pelambres sobre ellas – y el último día que don Pepe acudió a su casa, hace como ocho años, le dijo: “Martita, nos veremos en el cielo”. Ambos tenían en común  haber sido educados por institutrices, como correspondía a la aristocracia de comienzos del siglo XX - don Pepe habla inglés a las maravillas gracias a su británica institutriz.

Don Pepe fue un valiente entre los valientes, no quisiera dárselas de héroe y salir en revistas y diarios, sino porque tenía una fuerza moral que lo hacía luchar, incluso arriesgando su vida, contra la brutalidad de la tortura, por ejemplo cuando en las marchas iba a la vanguardia para ser apresado por la policía. Muchos antes entendieron como él el sentido revolucionario de la no violencia activa – forma de oponerse a la tiranía sin usar las armas, salvo aquellas de la moral y la justicia -.(Es la violencia del amor al prójimo )

Don Pepe entendió perfectamente  las palabras del Nazareno sobre la pregunta “quién es mi prójimo” y que también en el cielo estará, en un lugar privilegiado, el “pobre Lázaro” y no  “el cardenal Epulón”.

La distribución de premios es un chiste: pensar que Henry Kissinger y Barak Obama fueron  distinguidos con el premio Nobel de la Paz, como también Milton Friedman lo fue de Economía, y Jacinto Benavente, de Literatura - en muchos casos, la adjudicación del Premio Nobel es más bien una infamia que un honor-. El Padre José Aldunate recibió el premio de Los Derechos Humanos con sencillez  ya lo tenía en el corazón de los pobres.
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Siempre hay un contraste entre los verdaderos santos y héroes y los que viven del boato y aprovechamiento de funerales oficiales, donde las alabanzas proliferan; la gracia de José Aldunate es que no necesita ni oro, ni incienso ni mirra, para ser reconocido como un grande entre los grandes.

El Cristianismo debe ser la profecía de la igualdad.

1 comentario:

  1. ¿Todavía creen en Chile a quienes relatan estas anécdotas de propaganda religiosa que permiten a la Iglesia mantener su tiranía supersticiosa sobre la población? ¡Despierta Chile!

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