POLITICA
CHILE: ¿UNA CONSPIRACIÓN?
CHILE: ¿UNA CONSPIRACIÓN?
Por Hugo Latorre Fuenzalida
Las teorías conspirativas son propias de regímenes
estresados, ya sea por autoritarismo, por segregacionismo, por inequidad
extrema, por confrontaciones o por procesos de decadencia o descomposición de
una forma de ejercer el poder.
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Las palabras relacionadas son varias y definen
especificidades dignas de tener en cuenta, para mayor claridad de los infundios:
complot, conspiración, conjura, intriga, contubernio, conciliábulo maquinación,
trama, parecen ser sinónimos, pero cada una de éstas tiene una particularidad
diferenciadora.
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Chile, durante el período de estrés democrático, como el que
se vivió entre los gobiernos de Frei y
Allende, estrés provocado por una dinámica de cambios sociales profundos, vio
aflorar una serie de conspiraciones, que en períodos anteriores no se dieron. Hablamos
de conspiraciones y no de simple complot, por la magnitud de los actores y la
trascendencia de sus objetivos. En todo complot y conspiración hay presente una
maquinación, que es la puesta en práctica de ciertas tácticas y coordinaciones
para facilitar ciertos logros. La trama va plagada de conciliábulos,
contubernios, conjuras e intrigas, son partes de la estrategia conspirativa,
donde la intriga es más informal, la conjura es más seria y casi una
formalización de las lealtades. La conspiración es el prolegómeno del complot;
son los actores movilizándose para diseñar estrategias, en cambio el complot es
ya la acción definida para concretar lo ideado en la conspiración. Recordemos
la célebre “conspiración de Catilina” en Roma, operación fraguada con mucho
tiempo y diversos actores, actuada en diversos complot, hasta lograr el
desmantelamiento de los personajes comprometidos.
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En fin, desde las crisis de los años 30 y 40, que en Chile no aparecían complots
destinados a debilitar o derribar gobiernos. No se puede dejar de mencionar el
complot llamada de las “Patitas de
chancho”, en septiembre de 1948, dentro de los cabecillas se encontraba el
general Carlos Ibáñez del Campo (conspirador excelso), contra el presidente González
Videla.
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Durante el gobierno de Allende, obviamente asomaron grupos
complotando desde diversas barricadas: militar, política, gremial, estudiantil.
La conspiración de más largo aliento fue
la del gobierno de Nixon con empresarios chilenos, cuyo cabecilla fue Agustín
Edwards. También durante la dictadura se dieron múltiples intentos de
conspiración, llegando incluso al atentado con
magnicidio frustrado; en este caso dirigidos por el Partido Comunista y
su brazo armado.
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Ahora, en tiempos de democracia tutelada por los poderes
fácticos, pareciera que toda tentativa de conspiración puede verse como
extemporánea, porque Chile se ha convertido en una sociedad de consumo, casi
conservadora y, según las encuestas, somos una sociedad internacionalmente
prestigiada por algo que se asemeja a una “estabilidad” y a un “progreso”.
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Sin embargo existe un malestar, no sólo de la cultura, de la
economía y de lo social, sino también en un sentido general. Algo parecido a la
angustia.
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Ese malestar viene de dos extremos: los que sienten que les
quieren vulnerar sus ventajas económicas y su cómoda paz social y, por otra
parte, los que se aburrieron de contentarse con una explotación desmedida,
edulcorada con un algo de chorreo y dádivas, queriendo ahora ejercer derechos
de ciudadanía de manera cabal.
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El malestar de los “desintalados” ha tenido diversas
manifestaciones en la historia reciente: a través de los estudiantes y sus
desfiles callejeros, que incluye a los encapuchados, es decir esa fracción contestataria
del estudiantado que se alía al lumpen juvenil desempleado; a través de las
redes sociales y sus denuncias por los derechos ambientales, derechos de
consumidor y derechos ciudadanos; los gremios de la salud y la educación que
demandan conquistas arrebatadas hace muchos años; los ciudadanos de provincia,
a quienes raramente se les escucha en sus demandas locales y se les mantiene
políticamente como interdictos por un Estado centralista y autoritario; los
usuarios del transporte público, a quienes
se les abandona y no se les da respuesta, los pescadores artesanales,
los subcontratados de las mineras. Es decir, todos aquellos a quienes el sistema
ha venido usando y desechando, como simple factor de producción material y no
humano.
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Por otra parte, el malestar de los “instalados” se viene
expresando a través de los voceros gremiales y políticos; a través de los
medios de comunicación que pertenecen masivamente al sector
de los poderes económicos. Su malestar es porque se intenta ahora quitarles algunos de los
incentivos que el Estado les proporciona para que cumplan la nunca bien
ponderada misión de hacer crecer la economía y generar trabajo. Amenazan con la
desaceleración económica y la caída del empleo, dos razones que no les convence
ni a ellos mismos, pero sí a los inocentes que abundan y forman legión.
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El sector oligarca y plutocrático de Chile, es de una
resistencia proporcional a su ceguera. Creen, como las masas descritas por
Ortega y Gasset, tener todos los derechos y ninguna obligación, debiendo
esperar la reacción de una nueva clase que les desmonte sus privilegios, al
igual que aconteció en Esparta con Licurgo, en Grecia con Pisístrato y Clístenes,
en Inglaterra con Oliver Cromwell.
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La plutocracia
chilena no entiende de progreso, como no lo entendió tampoco en tiempos de
Pinochet, debiendo servir el término de
la dictadura como canje insoslayable
para lograr nuevos acuerdos que les permitiera acrecentar sus negocios con el
aval de la democracia, frente al bloqueo internacional impuesto sobre la
dictadura.
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Estos dos actores
agonales: “instalados” y los “desinstalados”, reflejan una sociedad estresada,
lo que hace avizorar un destino de confrontaciones, que pueden llegar a
descomponer de manera extremosa la convivencia de los chilenos. Porque lo que
no se desea aprender en el Occidente contemporáneo, es que las sociedades
logran acumular progreso y paz sólo cuando alcanzan cotas de equidad
suficientes, esa misma cota que lograron los países nórdicos y gruesa parte de
la Europa de postguerra; equidad que
durante la globalización se viene desmontando a ritmo peligroso, al
cambiar el paradigma del “progreso” por el de “los negocios”.
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¿Se da en
Chile una conjura o una conspiración, con esto de las bombas?
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Puede darse lo que aconteció en Italia en tiempos de las
“Brigadas rojas”, donde se perpetraron atentados bombísticos tan sangrientos
como el de la Piazza Fontana (1969), donde murieron 16 personas y quedaron más
de 80 heridas. Se descubrió, luego, que eran unos complots organizados por la
CIA, la OTAN y el M16 de Inglaterra, para crear inseguridad pública, culpando a
las “Brigadas rojas”, con la finalidad de restarle apoyo al Partido Comunista,
que venía con serias posibilidades de alcanzar el poder por vía electoral.
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Esto que los italianos llamaron la “strategia della
tensione”, puede estar aplicándose en Chile, con la finalidad de crear
desconfianza para con las políticas de reformas estructurales y desviar la
atención hacia temas de seguridad y, de esta forma, poder desmontar los proyectos, dejando las cosas
ordenadas según lo conveniente.
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La otra actividad conspirativa es la de la “estrategia
cabal”, que es cuando el objetivo es eliminar al objeto del poder (magnicidio o
golpe de Estado). En estos casos la actividad preparatoria conforma una verdadera “conspiración”; en
cambio la colocación de bombas puede ser simplemente un factor debilitante del
poder amenazador o deslegitimante de un sector que lo ejerce de manera sesgada
o indeseada, es decir una “estrategia della tensione”.
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Como en estos territorios suelen confundirse los intereses
de los extremos, es una tarea enorme dilucidar y despejar quién detona las
bombas y quién las inspira.
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Esto no se sabe y está en pleno desarrollo. Lo cierto es que
ahora parece haber cambiado la intención; antes se detonaba en lugares donde no
se hiciera daño a las personas; ahora se detona con intenciones bastante más
peligrosas. ¿Cambiaron los actores o cambiaron las estrategias de los mismos
actores?
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Esa es la gran pregunta.
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