El país,
de mayoría chií y con unos 93 millones de habitantes, es desde hace dos
semanas escenario de
protestas en todo el territorio nacional, que inicialmente
fueron desencadenadas por la crisis económica y que entretanto se han
transformado en una revuelta contra el régimen de Teherán. Oficialmente, el
sistema autoritario de la República Islámica responsabiliza de las protestas a
sus enemigos externos, en particular a Estados Unidos e Israel.
Sin
embargo, para la cúpula dirigente parece más natural negociar con Estados
Unidos que entablar un diálogo con su propia población. El presidente
estadounidense, Donald Trump, declaró
el 11 de enero de 2026 que Irán estaría dispuesto a iniciar negociaciones con
Estados Unidos.
"Creo
que están cansados de ser golpeados por Estados Unidos", dijo Trump a
periodistas. Su Gobierno estaría manteniendo conversaciones sobre un posible
encuentro entre ambas partes, agregó.
Estados
Unidos exige a Irán que suspenda por completo el enriquecimiento de uranio para
su programa nuclear. Occidente acusa a Teherán de perseguir en secreto la
construcción de una bomba atómica. Irán lo niega, aunque recientemente ha
enriquecido uranio hasta un 60 por ciento. El programa
nuclear iraní sigue siendo así un punto central de conflicto en
las relaciones con Occidente.
Preocupación por la estabilidad en el golfo Pérsico
Los países árabes vecinos del golfo Pérsico no son considerados aliados de la República Islámica, pero tienen un fuerte interés en la estabilidad regional y en evitar una escalada militar. Un ataque contra Irán conllevaría el riesgo de que Teherán respondiera con ataques contra bases militares estadounidenses en la región, de las cuales existen decenas en países vecinos.
"Antes
de los acontecimientos actuales, los Estados del Consejo de Cooperación del
Golfo habían decidido aceptar a la República Islámica como una realidad
política con la que había que lidiar", señala a DW Farzan Sabet.
Añade:
"Más tarde, tras los acontecimientos de 2019, comenzaron - cada uno de estos países - a reforzar su
propia capacidad militar y a profundizar sus relaciones estratégicas con
aliados. Al mismo tiempo, querían impulsar la diplomacia y reducir las
tensiones con Irán".
La
rivalidad regional entre los dirigentes chiíes de Irán y la monarquía suní de Arabia Saudita
por
la hegemonía en Oriente Medio -entre otros escenarios en Siria, Irak y
especialmente Yemen- se intensificó en 2019, después de que refinerías del
gigante petrolero estatal saudí Aramco en Abqaiq y Khurais fueran atacadas con
drones y misiles. Los ataques redujeron temporalmente a la mitad la producción
petrolera saudí. Se responsabilizó a los rebeldes hutíes de Yemen, apoyados por
Irán, aunque Teherán negó una implicación directa.
En los
últimos años, Irán y Arabia Saudita han iniciado un cauteloso acercamiento con
mediación de China. Ambos países son considerados socios
comerciales importantes para Pekín, que depende de la estabilidad en Oriente
Medio para asegurar su suministro energético.
Más sanciones y presión
política
Para Pekín, que ha ampliado de forma constante su influencia en Oriente Medio y continúa importando petróleo iraní barato pese a las sanciones estadounidenses, las protestas y las nuevas sanciones de EE. UU. no son una buena noticia.
Como
aliados de la República Islámica, China y Rusia han criticado duramente el
mecanismo de "snapback" activado en septiembre de 2025 por
Estados Unidos y los países del E3 -Alemania, Francia y Reino Unido- para
reimponer sanciones de la ONU contra Teherán, calificándolo de jurídicamente
inadmisible. Estas sanciones habían sido levantadas en 2015 en el marco del
acuerdo nuclear JCPOA entre Irán y las cinco potencias con derecho a veto en el
Consejo de Seguridad, más Alemania.
Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo en 2018, bajo la presidencia de Trump, con el objetivo de lograr un pacto mejor. Ese objetivo sigue vigente para el mandatario estadounidense.
Rusia, bajo Putin, respalda a la República Islámica
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