En la madrugada del 2 de
enero de 2026, el mundo se despertó con una noticia impactante: el dictador
venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados en
una operación audaz liderada por Estados Unidos. Aunque los detalles de la
redada, en la que, según los rumores, participaron fuerzas especiales de élite,
se produjeron interrupciones cibernéticas y se utilizaron recursos de
inteligencia locales, siguen envueltos en el secreto, las implicaciones son
profundas.
Esta intrépida acción
supone un cambio radical en la política exterior de Estados Unidos. Apunta a
ser un nuevo paradigma destinado a hacer frente directamente al flagelo del
socialismo continental en toda América Latina. Durante demasiado tiempo, este cáncer
ideológico ha sido financiado por el tráfico ilícito de drogas, lo que le ha
permitido propagarse y extenderse.
La caída del régimen de
Maduro, si se produce definitivamente (no hay que olvidar el proceso que se le
sigue en Nueva York, del cual podría ser declarado inocente, porque también
existe esta posibilidad aunque en forma muy remota).
Si fuese así, no sería
simplemente el derrocamiento de un tirano. Sería un golpe deliberado contra una
red que ha envenenado el hemisferio, subvencionada por los beneficios de las
drogas y respaldada por adversarios extranjeros.
Las raíces de esta crisis
se remontan a décadas de desinterés de Estados Unidos por América Latina. Tras
el fin de la Guerra Fría, la atención estadounidense se centró en Oriente
Medio, Europa y Asia, dejando un vacío en su propio patio trasero. En este vacío
se introdujeron potencias oportunistas: China, con sus inversiones en la Franja
y la Ruta y su apropiación de recursos; Rusia, armando regímenes e
interfiriendo en las elecciones; Irán, exportando su fervor revolucionario a
través de milicias proxy; y Corea del Norte, actuando como sustituto de China
en acuerdos armamentísticos y transferencias de tecnología nuclear.
Estas naciones explotaron
la inestabilidad de la región, apoyando a gobiernos de izquierda que prometían
igualdad, pero traían pobreza y represión. Venezuela, bajo Maduro, se convirtió
en un ejemplo paradigmático: un Estado fallido donde la hiperinflación, la
escasez de alimentos y los abusos contra los derechos humanos se normalizaron
bajo el pretexto del «socialismo bolivariano».
Este socialismo no es una
reliquia del pasado, sino una forma mutada del comunismo, que evolucionó a
partir del colapso de la Unión Soviética en 1991. El Foro de São Paulo, fundado
en 1990 por Fidel Castro y Luiz Inácio Lula da Silva, personificó esta adaptación.
Proporcionó un modelo para el gobierno dictatorial disfrazado de socialismo
«democrático», vinculando los movimientos izquierdistas desde Argentina hasta
Nicaragua. En su núcleo se encontraba la Cuba comunista, el nuevo centro
imperialista, que ejercía una influencia mucho más allá de las fronteras de su
isla.
El régimen de La Habana,
privado de las antiguas subvenciones soviéticas, se reinventó como vanguardia
ideológica, exportando médicos, espías y revolucionarios a cambio de recursos.
Las vastas reservas de petróleo de Venezuela se convirtieron en el salvavidas
de Cuba, con Maduro enviando millones de barriles a precios subvencionados,
estimados en más de 30 000 millones de dólares desde el año 2000. Esta
petrodiplomacia se vio aumentada por ingresos más oscuros: el negocio de la
droga, en el que funcionarios venezolanos, incluido el círculo íntimo de
Maduro, supuestamente facilitaron el tráfico de cocaína a través del «Cartel de
los Soles». El trabajo neoesclavista, en forma de trabajos forzados en minas y
granjas, engrosó aún más las arcas, convirtiendo el sufrimiento humano en
combustible ideológico.
La operación estadounidense
contra Maduro supone un rechazo a este statu quo. Al apuntar al hombre fuerte
de Venezuela, Washington está señalando su intención de desmantelar el
ecosistema más amplio del socialismo continental.
El régimen de Maduro
no solo fue un fracaso interno, sino también una colonia controlada por Cuba,
con el aparato de inteligencia de La Habana integrado en las fuerzas de
seguridad de Caracas. Las decisiones militares y políticas venezolanas a menudo
requerían la aprobación de Cuba, lo que transformaba a la nación rica en
petróleo en un estado satélite. Este modelo se extiende por toda la región,
tanto en regímenes como en gobiernos, como en Nicaragua, Brasil, Colombia y
México. Es alarmante que estos vínculos se extiendan hacia el norte. Los grupos
terroristas marxistas nacionales en Estados Unidos se hacen eco de la retórica
del Foro de São Paulo, abogando por luchas «antiimperialistas» que se alinean
con la visión del cartel de La Habana. El tráfico de drogas, que canaliza miles
de millones de los carteles latinoamericanos a las calles estadounidenses,
sirve de puente financiero, blanqueando dinero que apoya indirectamente a estas
redes.
Sin embargo, persisten las
dudas sobre la eficacia final de la operación. Los detalles de cómo las fuerzas
estadounidenses lograron eludir las defensas venezolanas y cubanas apuntan a
enormes vulnerabilidades dentro del aparato de inteligencia del castrocomunismo.
Más importante aún, ¿allana esta captura el camino para erradicar la influencia
marxista-leninista de América Latina?
El ingreso de Maduro en la carcel de alta seguridad de Nueva York el sábado
El camino por delante es incierto. El liderazgo interino venezolano debe lidiar con las elecciones, la reconstrucción económica y la purga de infiltrados cubanos y cómplices venezolanos. Una estrategia estadounidense más amplia requerirá un compromiso sostenido: incentivos económicos para contrarrestar los préstamos chinos, alianzas de seguridad para expulsar las armas rusas y presión diplomática sobre los enviados iraníes y norcoreanos. Si no se lleva a cabo, se corre el riesgo de crear un vacío de poder que provoque un caos aún mayor.
No obstante, esta medida es
sin duda una buena noticia. Interrumpe el flujo de dinero procedente del
narcotráfico y las subvenciones al petróleo que han sostenido la dictadura y el
formato imperialista de Cuba durante décadas. Al enfrentarse de lleno al socialismo,
Estados Unidos reafirma su papel de líder hemisférico, dando prioridad a
América Latina tras años de abandono. No se trata de intervencionismo por el
simple hecho de intervenir, sino de un antídoto necesario contra una
«enfermedad» que se ha cobrado millones de vidas a través del hambre, el exilio
y la represión. A medida que los movimientos socialistas, tanto en el poder
como en la oposición, revelan sus vínculos inquebrantables con el
castrocomunismo, Estados Unidos debe reconocer la amenaza interconectada. Desde
las calles venezolanas hasta los campus universitarios estadounidenses, la
ideología persiste y exige vigilancia. El año 2026 ha tenido un buen comienzo.
Con Maduro bajo custodia, tal vez el amanecer de una era post-socialista en América
Latina esté al alcance de la mano. Estados Unidos ha disparado la primera
salva; ahora debe comprometerse con la lucha.
Publicado en el Instituto de Inteligencia
Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se
especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y
consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la
posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence
Institute en www.miastrategicintel.com
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