Por Armin Messager

LA actual revuelta en Irán, con miles de muertos como producto de la represión, logró lo que ninguna movilización anterior había conseguido desde la instauración de la República Islámica EN 1979: convocar simultáneamente a todos los estratos sociales, geográficos y generacionales que, en los últimos años y en diferentes momentos, se habían movilizado por separado.
Publicado en NUeva Sociedad
El Arco de Zagros se refiere a la gran
cordillera montañosa que forma una curva a lo largo del margen occidental de
Irán, abarcando también partes de Irak y Turquía, extendiéndose desde el
noroeste de Irán hacia el Golfo Pérsico, y es una barrera natural geológica y
cultural, producto de la colisión entre las placas tectónicas Arábiga y
Euroasiática, con picos importantes como el Dena mountain y una rica historia cultural con sitios
arqueológicos como Taq-i Bostan.
Masificación y represión total
El 8 de enero, la protesta entra en una segunda fase de convergencia. Los partidos kurdos en el exilio finalmente
convocan a una huelga general. Esta es acatada masivamente por los comerciantes de todas las regiones kurdas y respaldada por otras huelgas en el país, según la ONG kurda Hengaw y los videos recibidos desde las calles de los bazares locales. Al mismo tiempo, dignatarios religiosos baluchis declaran su apoyo a la protesta, lo que lleva a muchos baluchis a salir a la calle al día siguiente, después de la oración del viernes.
En las grandes ciudades del país (Teherán, Karaj, Mashhad, Hamadán, Shiraz, Isfahán), la ola se vuelve masiva y transversal. En Teherán, por ejemplo, las manifestaciones abarcan desde los barrios acomodados (Za'feranyeh, Shahrak-e Gharb, Sa'adat Abad) hasta los barrios de clase media (Vanak, Narmak, Punak), pasando por los barrios populares (Sattar Khan, Naziabad) y los suburbios obreros (Eslamshahr). Los llamamientos del principie «heredero» en el exilio, Reza Pahlaví, en las redes sociales y los canales por satélite sin duda refuerzan estas manifestaciones. Las consignas monárquicas se multiplican entre los manifestantes, sin que se pueda verificar su influencia real.
La movilización supera entonces, por su diversidad, al Movimiento Verde de 2009, que reunió hasta 3.000.000 personas en su apogeo7, pero que se limitó principalmente a Teherán y a las clases medias y altas. También supera al movimiento Mujer, Vida, Libertad, que abarcaba un amplio espectro socioespacial, pero que, según las estimaciones de la inteligencia militar israelí (Aman), solo contaba con unas 43.000 personas en las calles en su momento álgido. Por último, la movilización actual se distingue por la importante implicación de una parte de las clases populares y de las clases medias empobrecidas, que ya había participado en las oleadas de protestas de 2017 a 2019.
En la noche del jueves al viernes 9 de enero (decimotercer día de movilización), el movimiento se vuelve más masivo y es reprimido con gran violencia. El Estado decide entonces interrumpir las comunicaciones internacionales e internet. También despliega inhibidores militares para neutralizar las conexiones satelitales como Starlink. Esta estrategia tiene por objeto impedir la coordinación de las movilizaciones y, sobre todo, sofocar la circulación de videos y pruebas de la represión. Este corte total dificulta la comprensión de los acontecimientos que siguen.
El número de manifestantes muertos identificados por HRANA ascendía a 4.251 el 21 de enero de 2026, mientras que otras 9.049 posibles víctimas siguen sin identificar. La organización también contaba más de 26.000 personas encarceladas, algunas de las cuales se enfrentan a la pena de muerte. Por otra parte, Mai Sato, relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre la situación de los derechos humanos, indica que debería enviarse una misión internacional para evaluar si los recientes acontecimientos pueden constituir crímenes contra la humanidad.
El aparente retorno a un statu quo autoritario no debe ocultar, sin embargo, la profundidad de las transformaciones que se están produciendo. El colapso del contrato social en regiones consideradas durante mucho tiempo bastiones de lealtad, la politización acelerada de grupos tradicionalmente conservadores y la expansión duradera de la insubordinación a todo el territorio constituyen líneas de fractura que debilitan los cimientos mismos del régimen.

