Los analistas militares lo dicen y la realidad lo demuestra. En los conflictos modernos, el papel de los drone's es determinante. Lo sabe Mayers, el nombre de guerra de un combatiente argentino que se encuentra en Ucranoaia recuperándose de las heridas que le causó un aparato no tripulado. Y lo confirma Federico Mancilla, Meta, un chileno que combatió en Donetsk y que pudo escapar por los pelos de un dron dirigido a matarlo. Ellos son dos de los cientos, quizás miles, de latinoame"Salí de la trinchera y el dron ya me tenía visto para matarme. Alcancé a correr cinco metros y entré a un punto de descanso gritando que venía un dron. La explosión me lanzó a tres metros. La onda expansiva me hirió dos dedos de la mano izquierda”. Ese mismo día fue evacuado.
"Nos ven con respeto"
Mayers, en cambio, sí combatió junto a otros latinoamericanos. "He estado con compañeros argentinos, colombianos y ucranianos”, cuenta. Ahora mismo se recupera de sus heridas y espera tomarse un descanso antes de volver al campo de batalla. El compromiso que siente con Ucrania es enorme porque la gente lo ha tratado siempre bien, "durante los entrenamientos, en combate y también ahora, estando herido”.
Las razones que ofrecen los voluntarios latinoamericanos para acudir al frente de combate son variadas. Y los orígenes también son diversos. No hay solo exmilitares que viajan en busca de salarios que les permitan escapar de la falta de oportunidades en sus respectivos países, sino que ha habido casos de taxistas, camioneros o enfermeros que dejan todo atrás para luchar contra la invasión rusa llevados por convicciones altruistas.
"Para los ucranianos somos como hermanos, porque aunque vengamos de países diferentes todos estamos con el propósito de hacer que los invasores no sigan avanzando”, dice Mayers.
"Nos ven con respeto y nos tratan con honor”, complementa Meta. "Me han dado las gracias por ayudar a su país, me enorgullece haber estado desplegado en Ucrania combatiendo”, añade el joven chileno, que regresó a su casa por su familia, especialmente por su madre, "para darle tranquilidad”.
Mientras recuerda su paso por Ucrania, donde no descarta volver para nuevamente vestir un uniforme militar, cuenta que una vez se le acercó un anciano. "Apenas vio mi bandera en mi chaqueta, se agachó y me besó el hombro, donde estaba mi insignia, y me dio las gracias. Es un recuerdo importante que tengo”.
Una bala y una granada
Luchar una guerra, propia o ajena, supone siempre un cambio, a veces traumático, en la personalidad y la psicología de quien vive la experiencia. No solo está el impacto de las situaciones extremas de combate, sino también el dolor de perder a los que en el campo de batalla pasan a ser conocidos como "hermanos”.
"En Ucrania he visto cosas y he vivido situaciones que jamás creí que viviría, la más lamentable de ellas perder a compañeros”, dice Mayers, que revela que en octubre de 2025 tres argentinos murieron en el frente. Meta, en tanto, recuerda a su amigo colombiano Coyote, con quien compartió en la Tercera Brigada Separada de Asalto. José Luis Lugo, su nombre real, cayó en marzo de 2025.
La guerra y estos dolores, dice Meta, "me hicieron ver la vida de una forma más feliz, entender que hoy somos y mañana ya no sabemos si estaremos vivos. Agradezco estar vivo”. Convencido, dice que si bien ahora quiere estar con su familia, no lo dudará si el que considera "mi segundo país” lo vuelve a necesitar. Eso, a pesar de los peligros, que van más allá de la artillería y los drones.
"Siempre andábamos con una bala y una granada en los bolsillos, por las células terroristas rusas que hay en Ucrania. Si me capturaran, preferiría pegarme un tiro. Eso es algo que teníamos claro. Morir así es mucho mejor que estar en manos de los rusos”, asegura Meta.
"Nos ven con respeto"
Mayers, en cambio, sí combatió junto a otros latinoamericanos. "He estado con compañeros argentinos, colombianos y ucranianos”, cuenta. Ahora mismo se recupera de sus heridas y espera tomarse un descanso antes de volver al campo de batalla. El compromiso que siente con Ucrania es enorme porque la gente lo ha tratado siempre bien, "durante los entrenamientos, en combate y también ahora, estando herido”.
Las razones que ofrecen los voluntarios latinoamericanos para acudir al frente de combate son variadas. Y los orígenes también son diversos. No hay solo exmilitares que viajan en busca de salarios que les permitan escapar de la falta de oportunidades en sus respectivos países, sino que ha habido casos de taxistas, camioneros o enfermeros que dejan todo atrás para luchar contra la invasión rusa llevados por convicciones altruistas.
"Para los ucranianos somos como hermanos, porque aunque vengamos de países diferentes todos estamos con el propósito de hacer que los invasores no sigan avanzando”, dice Mayers.
"Nos ven con respeto y nos tratan con honor”, complementa Meta. "Me han dado las gracias por ayudar a su país, me enorgullece haber estado desplegado en Ucrania combatiendo”, añade el joven chileno, que regresó a su casa por su familia, especialmente por su madre, "para darle tranquilidad”.
Mientras recuerda su paso por Ucrania, donde no descarta volver para nuevamente vestir un uniforme militar, cuenta que una vez se le acercó un anciano. "Apenas vio mi bandera en mi chaqueta, se agachó y me besó el hombro, donde estaba mi insignia, y me dio las gracias. Es un recuerdo importante que tengo”.
Una bala y una granada
Luchar una guerra, propia o ajena, supone siempre un cambio, a veces traumático, en la personalidad y la psicología de quien vive la experiencia. No solo está el impacto de las situaciones extremas de combate, sino también el dolor de perder a los que en el campo de batalla pasan a ser conocidos como "hermanos”.
"En Ucrania he visto cosas y he vivido situaciones que jamás creí que viviría, la más lamentable de ellas perder a compañeros”, dice Mayers, que revela que en octubre de 2025 tres argentinos murieron en el frente. Meta, en tanto, recuerda a su amigo colombiano Coyote, con quien compartió en la Tercera Brigada Separada de Asalto. José Luis Lugo, su nombre real, cayó en marzo de 2025.
La guerra y estos dolores, dice Meta, "me hicieron ver la vida de una forma más feliz, entender que hoy somos y mañana ya no sabemos si estaremos vivos. Agradezco estar vivo”. Convencido, dice que si bien ahora quiere estar con su familia, no lo dudará si el que considera "mi segundo país” lo vuelve a necesitar. Eso, a pesar de los peligros, que van más allá de la artillería y los drones.
"Siempre andábamos con una bala y una granada en los bolsillos, por las células terroristas rusas que hay en Ucrania. Si me capturaran, preferiría pegarme un tiro. Eso es algo que teníamos claro. Morir así es mucho mejor que estar en manos de los rusos”, asegura Meta.

