kradiario.cl

viernes, 3 de julio de 2026

Y KEIKO GANÓ LA PRESIDENCIA DEL PERÚ



Por Omar Coronel (Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Notre Dame, Indiana. Actualmente se desempeña como docente en el Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), donde es también coordinador del Grupo Interdisciplinario de Investigación en Conflictos y Desigualdades Sociales (GICDS)).)

En su cuarto intento, Keiko Fujimori ganó finalmente la Presidencia del Perú. Logró derrotar a Roberto Sánchez, líder de una coalición de izquierda que reivindicaba a Pedro Castillo, el presidente que la derrotó en 2021 y está preso desde 2022 por intentar un autogolpe. Luego de perder por décimas en 2021 y 2016, esta vez ganó también por décimas, lo que refleja un país aparentemente partido de manera casi exacta en dos mitades: el fujimorismo y el izquierdismo o antifujimorismo.

Tras cinco años de erosión democrática, Perú logró organizar elecciones libres y competitivas. La coalición autoritaria que, desde 2022, gobierna desde el Congreso capturó casi todas las instituciones que podían limitar su poder, salvo algunos espacios judiciales y los organismos electorales.

No obstante, al eliminar las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), buscó fragmentar aún más la ya dispersa oferta electoral: sin ese filtro, hubo 35 candidaturas presidenciales. En la primera vuelta, Fujimori pasó al balotaje con 17% de los votos y Sánchez con apenas 12%; juntos representaron menos de 30% de los votos válidos. Esta es una singularidad en la región, que evidencia una fragmentación electoral extrema. La gran mayoría de los 35 candidatos quedó por debajo de 10%. Una falla logística del organismo electoral en Lima, bastión de Rafael López Aliaga, el ex-alcalde ultraderechista de la capital y candidato presidencial, le dio el pretexto a este para denunciar fraude y convocar una «insurgencia civil» que se diluyó en semanas. 

La segunda vuelta se decidió de nuevo por décimas, como en 2016 y 2021, aunque por primera vez a favor de Fujimori. Algo notable es que cada una de las regiones repitió su voto de 2021: Sánchez retuvo las circunscripciones que votaron por Castillo y Fujimori mantuvo las suyas. 

A pesar de que Sánchez mejoró los resultados de Castillo entre las clases medias de Lima, no consiguió el mismo nivel de apoyo en el bastión castillista de la sierra sur, donde Fujimori mejoró. Sánchez se impuso por un estrecho margen en el territorio nacional, pero la ventaja de Fujimori entre los votantes del exterior revirtió el resultado.

¿Por qué?

Conviene detenerse en Keiko Fujimori, más allá del apellido. A diferencia de buena parte de los liderazgos de las nuevas derechas latinoamericanas, la líder de Fuerza Popular está lejos de ser una outsider. Es, por el contrario, una de las políticas más profesionales de Perú.

 Llegó al Congreso en 2006 y, desde entonces, construyó algo que su padre siempre rechazó: un partido. Fuerza Popular, que preside desde 2010, pasó bajo su mando a ser la principal organización política de Perú. Pero su liderazgo no es el del caudillo carismático: dirige su bancada desde la sombra, aparece poco y se acerca a la gente sobre todo en campaña. 

Su figura arrastra, además, una larga batalla judicial –tres periodos en prisión preventiva por presunto lavado de activos en el caso Odebrecht–, aunque la acusación central fue anulada en 2025 por el Tribunal Constitucional, cuyos miembros fueron designados por un Congreso con una fuerte influencia fujimorista. Su voto combina la añoranza del orden y crecimiento económico de los años 90, los del gobierno dictatorial de su padre, con el respaldo a ella como heredera capaz de administrar su legado. 

Para entender la primera derrota del antifujimorismo desde el año 2000, hay que considerar factores externos e internos. En primera vuelta, Keiko Fujimori se destacó por consolidar un mensaje claro y eficaz, «Vuelve el orden», en un contexto donde la lucha contra el crimen se ha convertido en la principal demanda ciudadana y figuras como Nayib Bukele son altamente valoradas. 

Su mensaje apelaba abiertamente al recuerdo del gobierno autoritario de Alberto Fujimori. Explícitamente dijo: «quiero gobernar como mi padre» y ofreció jueces sin rostro y la salida de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para combatir el crimen con «mano dura». 

Afirmó este discurso sin moderarse y lo articuló eficazmente en los debates, donde tiene más experiencia que cualquier otro candidato. Todo ello ayuda a entender que, a pesar del alto porcentaje de votos en contra, Fujimori haya mejorado su desempeño en la primera vuelta: en 2021 obtuvo solo 13%; ahora llegó a 17%, alrededor de 700.000 votos más, fundamentalmente en Lima y en la costa norte y centro. 

En parte, esto se explica por la debilidad de sus competidores dentro de la derecha. López Aliaga, su principal rival en ese espacio, combinó propuestas estrambóticas de seguridad –como cárceles en la selva vigiladas por serpientes– con una «batalla cultural» limeña que no conecta con la demanda nacional de orden.

Fujimori capitalizó ese vacío con un mensaje más creíble y disciplinado. Sin embargo, para la segunda vuelta, hizo poco. Si bien recorrió zonas que históricamente le fueron esquivas, Fujimori no intentó acercarse al votante moderado. Tampoco pidió la bendición televisada de pastores conservadores, como en elecciones pasadas. Además, su participación en el debate con Sánchez fue deslucida. Por primera vez, enfrentó a un adversario ágil en respuestas y con mejor capacidad comunicativa, que la puso notablemente incómoda. Todo ello pareció estancar su intención de voto en la última semana previa a las elecciones.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario